Reeditado ‘El Zaratán’, de Juan Ramón Jiménez

“A Nicolás Rivero, el noble galleguito de Moguer, que cuando yo no tenía caballos me dejaba su potro canelo; si él vive todavía. Y si no, a su memoria”. Dedicatoria de JRJ en 'El Zaratán'.

‘El Zaratán’ en rojo, sobre una ilustración de A. Beltrán en blanco y negro. Editorial Niebla.

EBN / Juan C. León Brázquez. Este 2017 está siendo muy positivo en la renovación y actualización de algunas de las obras del Premio Nobel moguereño, amén de nuevos inéditos, como Historias, rescatada por Rocío Fernández Berrocal, o El silencio de Oro, gracias a José Antonio Expósito. Y entre las reediciones destaca la actualización del Diario de un Poeta Recién Casado, de Cátedra, con un nuevo prólogo del gran juanramoniano Michel P. Predmore, o la traducción al rumano de este libro, por Gheorghe Vintan, aprovechando el centenario de la obra, sin olvidar la originalidad de estudios como La cocina de Zenobia, publicado por la editorial onubense Niebla, dándonos a conocer algunos gustos culinarios de Juan Ramón.

Precisamente, ésta editorial, Niebla, ha sido la que se ha atrevido a reeditar el relato breve El Zaratán, que se publicó inicialmente en El Sol de Méjico (1936) y posteriormente como libro (1946) en la Colección Lunes (Nº 20), con 19 grabados del ilustrador y pintor mejicano Alberto Beltrán, a quien el poeta español dio a conocer. No es extraño, que se haya escogido la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), que se celebrará del 25 al 30 de noviembre, para presentar en América ésta nueva edición, muy cuidada y que respeta los dibujos de Beltrán, amén de conservar el texto desnudo, “como le gustaba a Juan Ramón”. Oportunidad reivindicativa en el 525 aniversario del Encuentro entre dos mundos, conmemorando la llegada de Colón a América y de la lengua española al nuevo continente. La obra fue presentada hace unos días en Moguer, lo que nos ha permitido leerla y repasarla en éste formato, que para la sobrina-nieta del poeta, Carmen Hernández Pinzón, es incluso mejor que la que se hizo en Méjico, en 1946, cuando el relato cobró una dimensión extraordinaria que ninguna de las siguientes ediciones consiguió recuperar. Todas descatalogadas en la actualidad.

Edición original mejicana de ‘El Zaratán’ (1946).

Se trata de una obra muy exclusiva e importante, ya que se sitúa al margen de la inmensa e intensa obra poética desarrollada por Juan Ramón. De ahí también la importancia de esta nueva edición ya que, como sostiene la propia Fundación Zenobia-Juan Ramón Jiménez, las obras en prosa del autor moguereño no han recibido la atención crítica que merecen, “tal vez debido a la calidad de su poesía y a la dispersión de la mayoría de sus textos en prosa”. Cuando se inauguró la Biblioteca Juan Ramón Ramón Jiménez, en su casa de Moguer, en 1957, se realizó en los Talleres valencianos de Tipografía Moderna, una edición conmemorativa limitada a solo mil ejemplares. Aquel volumen de 24 páginas llevó ilustraciones de Gregorio Prieto. Posteriormente, en 1990, la Fundación ZJRJ y la Diputación de Huelva, volvieron a editar el libro, ya con 70 páginas, gracias al estudio-prólogo realizado por Arturo de Villar. Ahora, es la editorial Niebla, en su Colección Platero, la que rescata la edición primigenia mejicana de 1946, en un intento de actualizar y difundir la obra de Juan Ramón. Rafael Pérez, director de la Colección, asume el interés por este libro “de enorme valor literario y que para algunos se había convertido en objeto de deseo, ya que no es fácil encontrar ediciones antiguas”. Algo que subraya el director de la Fundación Zenobia Juan Ramón Jiménez, Antonio Almanza, quien también destaca la fuerza de “este microrrelato que nos sitúa en un aspecto poco conocido de Juan Ramón y que nos lleva a situarlo más allá del ámbito poético”.

Ilustración para ‘El Zaratán’ de Alberto Beltrán, grabador y pintor mejicano, a quien Juan Ramón ayudó en sus inicios.

Anotar que en Moguer existe un bar con el nombre de Zaratán, con el que se conoce en la zona a los alacranes (escorpiones), como símbolo del cáncer, la terrible enfermedad que acabó con Zenobia, la esposa de Juan Ramón. Sin embargo, el poeta conocía la enfermedad de mucho antes, al menos de cuando hizo mella en una viuda de Moguer, Cinta Marín, a quien ‘se la está comiendo viva ese maldito zaratán’. Un cáncer que Josefito Figuraciones (imagen del propio Juan Ramón, según Antonio Almanza) trataba de combatir matando todos los alacranes que se encontraba por aquellos parajes moguereños. No solo alacranes, “todos los lagartos, calentureros, gañafotes, escarabajos que se iba encontrando Josefito por el campo traspasado del sol último, en una cepa apolillada, bajo una piedra verde, en una dejada ruina, en una verja mohosa abierta a la cizaña, eran presa de su iracundia, de su despecho, de su desesperación”.

Hoy tendría poco que matar, ya lo hicieron los continuados incendios que asolan los alrededores de Fuentepiña, el paraje en el que Juan Ramón escribió 32 de sus obras y en donde la tradición sitúa la tumba del universal Platero. Ni las administraciones ni los propietarios se han molestado en limpiar y acondicionar tan especial zona juanramoniana. La desidia ha llevado a un punto extremo de supervivencia a estos paisajes necesitados de especial protección. Pareciese que Moguer siguiera anclado en las vivencias narradas por Juan Ramón. Las supersticiones formaban parte de aquella vida y quedan reflejadas en éste Zaratán, el saraṭān árabe. Aún en la provincia quedan curanderas, como la valverdeña del libro, “que tenía gracia en la lengua, ni los curas, ni los médicos de Moguer con sus antídotos ni sus mejunjes, ni los mejores y más pedantes médicos de Huelva, Sevilla, de Cádiz; porque la habían llevado ya a todas partes, a lo mejor de la ciencia, el arte y el milagro, a ver si le quitaban alguien del pecho el zaratán”. Una enfermedad que estigmatizaba, hoy menos, pero también, “algunos murmuraban que Cintita Martín no era tan santita como parecía; que estaba condenada, poseída del demonio, perdida, maldita para siempre, porque había hecho esto o lo otro. Josefito llegaba a ver el zaratán como un Diablo, un Satanás, un Lucifer, un Belial, un Belzebú, un Luzbel enamorado”. Una enfermedad de nuestra sociedad, a quien nadie entonces vencía, pero cuyo sentido social y avances médicos han cambiado. Juan Ramón no lo vio así. Quizá esté menos estigmatizado y los avances médicos ayuden a vencerlo, pero sigue atormentando a quien lo padece. Juan Ramón se adelantó con su relato a una de las grandes enfermedades actuales y su testimonio literario quedó reflejado en éste Zaratán, que hoy leemos en su versión original. Años más tarde otro Zaratán se convirtió en su último calvario al llevarse a Zenobia. “Reía, gritaba enloquecido la imposible hazaña de encontrar al monstruo ubicuo, al espantoso zaratán, grande en el crepúsculo como un saurio; de luchar con él, de vencerlo, de estrangularlo, de llevarlo arrastrado por todo el pueblo, como un trofeo, a su pobre y desvalida Cinta Marín”.

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