El enredo del Congreso: una interpretación maquiavélica

Ni Rajoy ni Iglesias, al previsiblemente perfilar sus jugadas, debieron de contemplar un escenario de pacto entre PSOE y Ciudadanos.

El Congreso
España sigue sin tener nuevo Gobierno.

Francisco J. Martínez-López. Es más preocupante el voto en contra del Podemos de Iglesias y los suyos a la investidura de Pedro Sánchez como presidente que la del PP de Rajoy; añado estos genitivos a los partidos porque son necesarios para entender la situación con más precisión. Ambos grupos parlamentarios han votado “no” al plan de gobierno de Sánchez, esto es, el documento de 200 medidas acordadas entre PSOE y Ciudadanos. El resultado ha sido el intento fallido de iniciar una nueva legislatura avalada por fuerzas políticas ajenas al gobierno actual o, como se han venido a llamar, “fuerzas del cambio”. Son cambio en tanto que no están en el gobierno saliente, y promueven muchas medidas que reforman sus decisiones; además, en el caso de Ciudadanos, como habría sucedido también con Podemos, si se hubiera sumado de alguna forma, por ejemplo no restando, ha sido la contribución de uno de los denominados partidos de la nueva política, no existentes hasta ahora. ¿Qué implicaciones tiene esto? De entrada, un nuevo marrón para el Jefe del Estado; “Y ahora ¿qué hago?”, podrá estar preguntándose; otra variante que podría haberse dado en la intimidad de la Zarzuela sería: “Y ahora, Letizia, ¿qué hago?” Debería aprender de las prácticas de Rajoy y hacer uso de una de sus predilectas por unas semanas: no hacer nada y dejar que los partidos sigan dialogando.

No dudo que al ínclito no grato de Pontevedra, actual presidente en funciones del gobierno, le encantaría que lo propusiera como candidato para intentarlo. Pero por coherencia real, y supongo que también propia, de Rajoy, esta oferta no debería producirse de nuevo, ni ser aceptada en ese caso. Si, en su día, renunció a esta posibilidad porque, según él, no tenía los apoyos necesarios, y para perder no iba a presentarse, no tendría sentido que ahora se animara a intentarlo. Aunque, por sus declaraciones recientes, parece que sí.

Aplicar una lógica benévola y superficial para desenmarañar este barullo sería inocente. No, todo esto debemos tamizarlo con una lógica maquiavélica. El comportamiento mostrado por los partidos desde que se cerraron las urnas de las últimas elecciones generales no puede resultar indiferente a una ciudadanía sensata. En el caso de que hubiera unas nuevas elecciones, escenario bastante probable, los resultados no pueden ser más o menos los mismos. Quiero pensar que la mayoría del electorado será más sensata que apasionada, más justa que fanática. Pedimos responsabilidad y altura de miras a los políticos encargados de gestionar nuestras voluntades en estos momentos, pero también debemos pedírnoslas a nosotros mismos, los electores, si las elecciones volvieran a producirse. La táctica ha estado presente en todos los colores del arco parlamentario, por supuesto. Pero hay unos fines en esas tácticas más dignos y respetables que otros. Especulemos.

El PP ha sido el partido más votado. Como tal, lo lógico es que fuera el designado para tomar la iniciativa en la formación de gobierno. Y así fue. Pero Rajoy se negó. Sin embargo, fue más un “No, por ahora”. Esta decisión no tuvo el respeto de muchos de los partidos, con motivos. Primero porque hay que tener más seriedad y gallardía política; el proceso oficial de establecimiento de contactos y negociaciones entre el candidato y los grupos parlamentarios deberían haberse producido; aquí no valen los tanteos informales o los previsibles resultados; uno no puede alardear de que ha sido el partido más votado y que, por eso, debe gobernar, pero sólo cuando le interesa; Rajoy debería haber aceptado la propuesta del Rey, haber iniciado un proceso de negociación y concluirlo con las votaciones en el Congreso, tal y como ha hecho Pedro Sánchez, aunque hubiera sido para perder. Entonces el Rey habría propuesto a otro con opciones de lograrlo si concitaba los apoyos necesarios; por escaños, el líder socialista, como ha acabado haciendo.

Es realmente el resultado de esta votación, hay que recordar a Rajoy y al PP –lo saben, sólo hacen uso de un cinismo para necios–, el que otorga el derecho a gobernar. No estamos en un escenario con un bipartidismo dominante, como hasta hace poco, donde ser la lista más votada facilitaba, tanto como para hacerlo casi una consecuencia inevitable, la formación de gobierno. En estas elecciones ha habido muchos grupos y el voto ha estado más fragmentado que de costumbre. De modo que ser el partido con más votos tiene poco efecto sobre la habitual relación causa-efecto mayoría de votos-formación de gobierno si apenas se cuenta con poco más de un tercio del Congreso, y se demuestra la imposibilidad de granjear apoyos y/o, al menos, abstenciones.

Pero la jugada de Rajoy fue otra. Pedro Sánchez estaba en medio de la crisis interna de liderazgo en su partido más fuerte desde que llegó a la secretaría general; aún sigue acechante. Las cuentas estaban claras. Ninguna configuración de votos de la izquierda daría el mínimo necesario para conseguir la mayoría suficiente en una segunda vuelta, salvo que pactase con Podemos y entrasen los grupos independentistas. Además, contando con que el PP se opondría en cualquier caso, en este escenario Sánchez no lo lograría sin el apoyo o abstención de Ciudadanos. Pero Rajoy sabía que, por un lado, Rivera nunca iba a favorecer, por activa o por pasiva –esto es, votar sí o abstención–, una candidatura que pusiera en riesgo la unidad de España; el compromiso de Ciudadanos con la indivisibilidad de la nación es una de sus señas de identidad. Por otro, tenía claro que Podemos no renunciaría al derecho a la autodeterminación; más adelante retomaré este tema.

Por tanto, Rajoy pensó que Sánchez, en el mejor de los casos para él, y aunque sirviera de bien poco para conseguirlo, se presentaría a la votación de investidura habiéndose comprometido con la defensa de este derecho en su legislatura, de ser elegido; sólo en ese caso habría conseguido el voto favorable de Podemos y Unión Popular-IU –en las políticas sociales, supuestamente las más importantes para estos partidos, no habrían tenido problemas para consensuar muchos puntos– y, como mínimo, la abstención de los independentistas. Esto, en otras palabras, habría supuesto el suicidio de Pedro Sánchez, y el principio de la debacle del PSOE, un partido comprometido históricamente con España; habría implicado un punto de fractura imperdonable para muchos de sus votantes; recordemos que la connivencia de Sánchez y otros líderes socialistas anteriores, pero sobre todo Sánchez en las últimas elecciones catalanas, con la postura tibia del Partido Socialista de Cataluña frente al derecho a decidir, ya supuso cisma interno, confusión y decepción en parte del electorado socialista. En definitiva, el movimiento de Rajoy buscaba que Sánchez lo intentara, y no parecía haber otro escenario que el comentado, para fracasar. Eso habría supuesto ser defenestrado en su partido y un mayor debilitamiento del PSOE en unas previsibles nuevas elecciones, caso que Rajoy no lo consiguiera al intentarlo tras el conato de investidura de Sánchez.

Aunque, ante un escenario tan claro, ¿habría sido Sánchez tan insensato como para intentarlo? Rajoy –y por Rajoy me refiero también a su camarilla en el PP; los que lo apoyen incondicionalmente, o finjan hacerlo en su declive irremisible de los últimos meses– sabía que estaba lo suficientemente desesperado como para intentarlo. Entonces parte de los pensamientos de Sánchez estaba en su supervivencia como cabeza de su partido; debía sobrevivir a los que en su casa le estaban moviendo la silla, y la vía de la negociación con el bloque de izquierda parecía su única opción para conseguir tiempo; sería absurdo que un partido intentara relevar a su líder, mientras éste lidia con la posibilidad de ser investido presidente. El comité federal del PSOE, sin embargo, para evitar cualquier tentación mortal ante la que pudiera sucumbir su secretario, acordó que el derecho a la autodeterminación no sería admitido en ninguna previsible negociación programática con otros partidos. Esto, unido a los buenos consejos que probablemente recibiría Sánchez de algunos de los suyos durante este tiempo, y sospecho que de Felipe González debieron proceder los mejores a este respecto, harían reflexionar a Sánchez, que tampoco es tonto, y reconducir su estrategia, por supuesto con la participación necesaria de Ciudadanos, al pacto que hemos presenciado entre los dos partidos. Aquí es donde han cogido a Rajoy a contrapié. Lo que él y los suyos esperaban que sería el suicidio de Sánchez y la debacle del PSOE ha acabado por ser lo contrario.

Hoy –está por ver si lo mantienen–, PSOE y Ciudadanos, con su pacto y decisiones recientes, demuestran ser los únicos de los (cuatro) grandes grupos parlamentarios que han pensado más en España que en sus partidos. Y esto, por fortuna, una parte importante del país está empezando a verlo; este cambio de perspectiva puede ser clave para el reparto de voto de otras elecciones, o el cambio en las posiciones de algunos, sin necesidad de llegar a ese extremo, si en los sondeos futuros vieran que van a perder representación en unos nuevos comicios. El resto, suspensos, y algunos con muy mala nota.

Es evidente que Rajoy y el PP suspenden. Pero, como he comenzado diciendo, es menos preocupante, y hasta comprensible. En las circunstancias actuales, incluso una abstención del PP a una candidatura socialista es mucho pedir al partido actual de gobierno. ¿Cómo pedir a un acusado que declare en contra de sí mismo? Esto es estúpido, y sólo se podría esperar una respuesta más allá del egoísmo partidario en el caso de tratar con líderes políticos bien impregnados de lo que se denominó el espíritu de la transición durante los pactos de la Moncloa; los políticos de ahora, paradójicamente algunos de los que más la mencionan, no han crecido con el aliento de una dictadura en el cogote como para ser conscientes del lujo que supone jugar como se está haciendo ahora con los privilegios de la democracia.

Más razonable, sin embargo, es pedirles que se regeneren como Dios manda; digo esto porque sé del peso de los devotos en el PP; aunque, a tenor de sus escándalos de los últimos años, bien se les podría aplicar a varios, muchos más de los deseables, eso de “A Dios rogando y con el mazo dando” o, más preciso, “…y la saca llenando”. Y esto pasa, ineludiblemente, por la retirada de Rajoy. Aunque me temo, por la lealtad incondicional que gusta el PP de mostrar públicamente con sus líderes, que esto no sucederá, entretanto Rajoy no lo decida, más o menos forzado por los suyos. El único escenario que abocaría a Rajoy a esta decisión, y tampoco es seguro –recordemos que, en su caso, la pérdida de unas elecciones no garantiza su marcha; perdió dos contra Zapatero antes de ganar a Rubalcaba–, es que el presidente de la siguiente legislatura no fuera del PP. No creo que Rajoy esté tan fuera de la realidad como para no ver, en ese caso, que aferrarse al sillón sería una muestra inequívoca de patetismo político que no contaría con el juicio bondadoso de la historia ni, probablemente más acuciante para él, con la permisividad de su partido.

La calificación más deficiente de todos los líderes políticos es para Pablo Iglesias, y Podemos ha acabado siendo la mayor decepción; aunque tengo la esperanza escéptica de que la nobleza de los millones de voluntades de españoles gracias a la que están con esa representación parlamentaria termine por enmendar lo que sus líderes están pervirtiendo. Según datos de Metroscopia publicados por El País, la mitad de sus votantes desaprueban el “no” a la candidatura de Pedro Sánchez. Celebro este resultado. Siempre he dicho que respetaba mucho más a los simpatizantes de Podemos, por lo que la motivación de ese voto representaba, que a sus líderes, con Iglesias a la cabeza. Pero mi comprensión empezó a menguar a medida que los “trucos” del mago Iglesias empezaron a hacerse notorios y a ser conocidos por muchos de sus simpatizantes, y, después de las elecciones generales, votantes. No podía entender el apoyo a una persona que se erige como soplo de aire fresco para la democracia del país, que se le llena la boca hablando de justicia social, identificándose con socialistas históricos e intelectuales de izquierdas, como García Lorca, cuyo nombre, entre otros muchos ilustres, declamó para arengar al respetable en la plaza del Museo Reina Sofía la noche del 20D, jaleado por una masa de fieles, seguro que muchos de ellos con unas ilusiones puras que me temo que el comportamiento de esta señoría no hace sino defraudar.

Me resulta indignante, debo decirlo alto y claro, porque estas cosas hay que gritarlas para que se oigan bien, y el país lo necesita ahora, y más que nadie los que se identifican con el llamado movimiento del 15-M, que se esté utilizando la historia y trayectoria de la gente de izquierdas para manipular las voluntades de muchos que sufren en este país. García Lorca no se habría mostrado indiferente ante gobiernos de países que apresan a personas por sus ideales políticos; como en Venezuela, sí, ese país que tanto incomoda a Iglesias cuando se le saca en público; por suerte, el pueblo venezolano, principal víctima de estos años recientes de su historia y con el que nos solidarizamos, ya está empezando a cambiar las cosas; esperamos que así siga. García Lorca no se habría mostrado indiferente ante gobiernos de países que ejecutan a los homosexuales por su condición sexual, como sucede en Irán. Resulta que Pablo Iglesias, entre otros miembros de Podemos, tiene cosas que explicar, y algunas están siendo investigadas en estos momentos por la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional, por una supuesta financiación ilegal procedente de Venezuela e Irán, unos cinco millones de euros; parece ser que esto respondió a un intento de estos regímenes por promover voces “amigas” en Europa. Está por ver el resultado de estas investigaciones. Pero como me dijo una vez alguien que conocí una noche de cervezas hace años, un policía nacional que estaba empezando en el Cuerpo, a propósito de otro asunto: “Aquí, huele a caca”.

Pablo Iglesias, y personalizo en él, entre otras cosas, porque es el líder de Podemos y el principal responsable de sus decisiones políticas, habla con frecuencia de los que lo pasan mal; el jubilado al que no le llega la pensión a final de mes, los desahuciados, los desempleados. ¿Cómo explica a todas estas personas que han votado a Podemos, y más aún a todos los que tienen una militancia activa en el partido, o cargo público electo, que creen en todo lo que supuestamente defiende, que su grupo parlamentario se haya opuesto a la única candidatura posible de cambio? Y Sánchez no presentó una candidatura con el ideario del Partido Socialista, sino otra consensuada con Ciudadanos, distinto en ideología, pero coincidentes en el sentido de estado y en la lectura que había que hacer de los resultados electorales misceláneos del 20D. Si yo hubiera votado a Podemos, e invito al votante a que lea el documento con las medidas acordadas por PSOE y Ciudadanos, defendidas por Sánchez en el debate de investidura, me costaría no estar de acuerdo con muchas de las medidas sociales, e incluso algunas de las económicas, de este documento; mucho más, por supuesto, disentir, tanto como para votar en contra, más cuando, insisto, sólo hay una opción de cambio, y es un acuerdo trasversal, con cesiones necesarias por parte de todos, porque las fuerzas de izquierda, como sabemos no suman; y, además, algunos suman con unas pretensiones inadmisibles para cualquier ciudadano con sentido de país y de unidad nacional.

Iglesias, en torno al mismo tiempo en que sugería a Sánchez liderar un gobierno con el apoyo de Podemos a cambio de la vicepresidencia, para Iglesias, por supuesto, y una serie de ministerios y cargos, la mayoría en nada relacionados con su razón de ser, la justicia social, y el más llamativo fue la dirección de los servicios de inteligencia –¿para qué querrá Iglesias controlar el CNI? ¿Qué tiene que ver esto con el desempleo, los jubilados y los desahucios?–, anunciaba la Ley 25 de emergencia social: su plan de rescate ciudadano. En palabras de Podemos: “una serie de medidas que la gente necesita y merece.” En este plan no se hace mención a la necesidad de que el ciudadano de este país tenga el derecho a la autodeterminación, pero sí a cuestiones relacionadas con el salario, la vivienda, los autónomos, las deudas hipotecarias, y otra serie de cuestiones que verdaderamente son críticas, y con las que probablemente coincidirían el PSOE y Ciudadanos; de hecho, estos partidos recogen muchas medidas para reformar estas cuestiones con las que me cuesta creer que discrepe el votante de Podemos de una forma tan intestina, reitero, más aún con la distribución actual de grupos en el Congreso, como para comprender la oposición a la investidura de Sánchez. Los sondeos recientes, como he mencionado antes, así lo corroboran. Muchos votantes de Podemos se deben estar preguntando por qué. La elucubración es necesaria una vez más, como para el resto de escenarios analizados antes; la omnisciencia no está ni estará entre mis virtudes. Pero por la información que ya tenemos, por el comportamiento público de la cúpula de Podemos, y el mejor conocimiento de su personalidad después de prodigarse tanto en platós de televisión, y más recientemente en el foro público más importante de nuestro país, las Cortes, la especulación va a ser menos especulativa.

Por cierto, una breve digresión. Si alguien conoce a Iglesias y tiene algo de confianza con él, la suficiente para que lo escuche, que haga el favor de decirle que deje el “show time” para otros sitios que no paguemos los españoles con nuestros impuestos, y se comporte de una forma más seria en el Congreso, porque realmente, y para lo poco que lleva, da vergüenza ajena escucharlo y verlo a veces. Informo, para quien lo desconozca, que un diputado tiene un salario mensual, dependiendo de que sea de Madrid o de fuera, entre 3500 y 4500 Euros aproximadamente, distribuido en 14 mensualidades. Podemos saca pecho diciendo que sus diputados donan la cantidad que excede del sueldo que triplica el salario mínimo interprofesional; esto es, lo que queda aproximadamente por encima de los 2.000 euros. Pero este gesto altruista tiene letra pequeña. Por un lado, todo o parte de este excedente se cede a su propio partido; están en su derecho, pero el dinero acaba en las mismas manos. Por otro, en parte ha habido casos que lo han donado a organizaciones o movimientos sociales diversos; en ese caso es menos criticable, pero, una vez más, ¿quiénes son ellos para decir qué movimientos merecen el dinero de los españoles? “Es que no es dinero público, sino parte de su sueldo personal, y con él hacen lo que quieren”, podrán decir algunos. Desde luego, pero que la ciudadanía tenga clara cómo se materializa esa “donación”; no es: “pagadme hasta 2.000 euros, y el resto que se lo quede el Estado”.

Sigo con lo que iba a comentar de las “performance” eclesiásticas. Por ejemplo, los piquitos en medio del hemiciclo –para la próxima ocasión, por cierto, ganarían si se lo dieran con lengua; lo digo como sugerencia para aumentar la intensidad–, las alusiones a Millán Astray –muchos se preguntarán: “Millán ¿qué? Y ¿ése quién es?–, u otros comentarios totalmente improcedentes y gruesos como el de la cal viva, y la guerra sucia contra el terrorismo durante mandato de Felipe González. Cuando luego pidieron a González una valoración de esta intervención de Iglesias en sede parlamentaria, respondió que le pareció un buen autorretrato de Iglesias; y yo añadiría: esperpéntico, autorretrato esperpéntico. La libertad de expresión está para utilizarla con respeto y, si es posible, buen gusto. Estas condiciones deben mantenerse con más escrupulosidad en los foros públicos del Estado.

En los primeros espadas de Podemos, Iglesias el primero, hay poco de sus intervenciones públicas dejadas a la improvisación. Si algo han demostrado es que manejan muy bien los medios. Pero a veces hay espontaneidad, quizá fruto de la emoción del momento, como el comentario de la cal viva; por cómo le cambió la cara a su compañero de bancada, Íñigo Errejón, sentado al lado, justo al escucharlo, fue un delirio incontinente de un Iglesias que en ese instante se debió ver por encima del bien y del mal.

La masa electoral que sustenta a Podemos es consecuencia del contexto histórico actual. No creo que se repita en el futuro. Intuyo que la historia no va a ser tan amable con Iglesias, más si sigue por la senda que nos ha mostrado estas semanas, como con el movimiento social que ha hecho posible a Podemos. A medida que el equilibrio del país se restablezca, la izquierda extrema acabará en el sitio al que las décadas pasadas han llevado a los sucedáneos del Partido Comunista; esto es, a una presencia minoritaria en el hemiciclo. Pero ahora es el tiempo de la indignación del pueblo y de su desafección con la clase política. Iglesias y los suyos son conscientes de ello, y se han aprovechado de ello magistralmente. Aunque ya están empezando a hacer aguas, y me temo que, de seguir así, van a desaprovechar una oportunidad única que les brinda la historia para hacer algo bonito por los españoles.

Si somos generosos con Iglesias y le damos el beneficio de la duda, una explicación a la oposición de Podemos a la investidura de Sánchez sería su radicalidad programática, ausencia de cintura política, incapacidad para ceder y admitir un cambio con transversalidad ideológica. Si una de sus reivindicaciones innegociables, como destacó poco después de los resultados del 20D, es el derecho a la autodeterminación, es obvio que el acuerdo con el PSOE, mucho menos Ciudadanos, no va a ser posible. Porque en lo social, supuestamente lo más crítico para Podemos, y vuelvo a remitir a buscar elementos comunes entre sus documentos y el acuerdo PSOE-Ciudadanos, la proximidad es clara en muchos aspectos. Pero precisamente por esto llama la atención la intransigencia de Podemos. ¿Dónde quedan el jubilado que se parte la espalda para estirar la pensión y llegar a final de mes, los desempleados, los desahuciados y demás sufridores de la injusticia social actual en este enroque de Podemos? Totalmente postergados al derecho a la autodeterminación de los pueblos, que viene primero. Pero este derecho no da de comer al jubilado ni a las familias que sufren el desempleo; eso ya lo saben muchos catalanes, desde hace tiempo; lo han aprendido con Mas y sus compañeros del procés. ¿Es justo, entonces, para las esperanzas del electorado de Podemos que sus reivindicaciones sociales se subordinen a los anhelos independentistas de una minoría de españoles? Porque esto es lo que explicaría la postura de Podemos, haciendo una lectura bien pensada del comportamiento de Iglesias. Algunos, como Monedero, al que ya le he leído en prensa algunas declaraciones recientes, dicen que en el acuerdo de PSOE y Ciudadanos hay medidas económicas con las que discrepan. Bien, seguramente también habrá otras muchas de su pacto, sobre todo las sociales, con las que coincidan o, cuando menos, se sientan próximos. Lo que no pueden pretender es que su electorado comulgue con la búsqueda completa de su programa electoral cambiante en la investidura de un candidato de otro partido, o al menos en un porcentaje que los cabecillas de Podemos consideren razonable. Una de las figuras insignes de sus comienzos, Carlos Jiménez Villarejo, quien fuera fiscal Anticorrupción y eurodiputado por esta formación, ha decidido desvincularse de Podemos tras su segunda negativa a la investidura de Sánchez. Se materialice o no formalmente su baja del partido, la posición de Jiménez Villarejo es del todo coherente con la lógica política.

En la negociación entre partidos, si hay una intención real de transformación y avance, debe haber una voluntad de cesiones por parte de todos, o el acuerdo sería imposible; Iglesias, que es muy dado a elevar a figuras socialistas históricas de antes de la dictadura, podría mirar más cerca en la historia y a personas más próximas ideológicamente a su partido, como Santiago Carrillo, quien, a diferencia de él, tuvo que vivir en el exilio por la persecución de la dictadura, y aprender de su generosidad durante la transición.

Pero esta argumentación es inútil contra el cinismo político. Tiendo a una explicación menos generosa con Iglesias, que creo que es la que más se ajusta a la realidad. Para Iglesias los problemas sociales no son más que un instrumento político al servicio de sus objetivos; y el derecho a la autodeterminación, por cierto, que no se confundan los independentistas, también. Iglesias quiere poder, y cree que la inercia del movimiento Podemos tiene margen de crecimiento aún, tanto como para superar al PSOE en unos nuevos comicios. Pero la ventana temporal para hacer esto es breve; otra legislatura es demasiado tiempo de espera para algo tan efervescente. Debió tardar poco, sólo días tras el 20D, en convencerse del ahora o nunca. En las élites de Podemos se debieron conjurar para intentar sobrepasar al partido que ha aglutinado la sensibilidad social mayoritaria desde los ochenta. Unas nuevas elecciones tendrían que producirse para ello. Aunque deberían hacerlo de una forma sutil. Sus electores, actuales y potenciales, debían creer que ellos eran los verdaderos defensores de la mayoría social en España. Para ello, ofrecerían la mano tendida al PSOE, pero sólo en el caso de que hubiera una mesa de negociación en que se sentaran exclusivamente partidos de izquierdas; eso obligaría al PSOE a prescindir de Ciudadanos en el acuerdo. Si el PSOE transigía y negociaban –e Iglesias, al igual que Rajoy, intuiría que la desesperación de Sánchez podía llevarle a intentarlo–, tendría que admitir parte de las ofertas leoninas de gobierno conjunto hechas por Iglesias tras su reunión con el Rey, y lo peor: el derecho a la autodeterminación. Ese escenario hipotético, por un lado, podría venderlo Podemos como un triunfo frente a sus confluencias separatistas, y, por otro y aún mejor para sus intereses verdaderos, supondría el suicidio del PSOE frente a su electorado. Al final, Sánchez no conseguiría la mayoría suficiente en segunda vuelta, porque tendría la oposición del PP y Ciudadanos. Pero a Iglesias no le habría importado; él ganaría: se reforzaría entre los suyos, a quienes he escuchado que rige con mano leninista, por cierto –no se crean que en Podemos se sigue decidiendo en asambleas populares, y en votaciones con los brazos alzados y moviendo las manos como abanicos; eso quedó para las sentadas de la Puerta del Sol y similares durante la resaca del 15-M– y, además, heriría de muerte al PSOE, su principal enemigo. Habría elecciones de nuevo, y Podemos podría obtener un número de escaños superior al del PSOE. Sería el partido legitimado para liderar el cambio desde la izquierda; el PSOE perdería la iniciativa.

Comprenderán ustedes que, con estas hipótesis rondándome la cabeza, y que cada uno juzgue su verosimilitud, tenga poco respeto en estos momentos por Mariano Rajoy, Pablo Iglesias, y sus partidos. Aunque, todo sea dicho de paso, desde la discrepancia ideológica que me separa del PP, al menos sé, y no es poco para cómo está el patio, que es un partido que no jugará con la unidad de España; no puede decirse lo mismo de Podemos, u otros partidos, por ejemplo Izquierda Unida.

Ni Rajoy ni Iglesias, al previsiblemente perfilar sus jugadas, debieron de contemplar un escenario de pacto entre PSOE y Ciudadanos; mucho menos su intención de mantenerlo y dialogar conjuntamente, tras la fallida investidura, con los partidos que quieran incorporarse al mismo, modificándolo en su caso cuando sea de común acuerdo. Rajoy ahora dice que le toca a él, y pide al PSOE que se abstenga para facilitar su gobierno, algo que no ha hecho él; esto si se diera ese posible escenario; para eso, como dije, tendría que proponerlo el Rey, cosa que dudo. Iglesias, por su parte, vuelve a tender la mano al PSOE para una negociación entre las fuerzas de izquierdas. Pero ya no cuela.

Por el momento, parece que a los que mejor les ha salido la jugada han sido PSOE y Ciudadanos. Y no porque hayan sido más astutos que Podemos y PP, sino porque han pensado más en los intereses de España y los españoles que el resto.

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