¿Choque o paz entre civilizaciones?

Urge, pues, un acuerdo de no destrucción. Frente a un mundo dividido y enfrentado en diversos puntos y fronteras del Planeta no cabe sino afirmar la universalidad única de la Humanidad.

José Mora Galiana. Al parecer, estamos en la era de las guerras de civilizaciones que, como indicara Hans Küng, incluyen un componente marcado por las religiones, ya comadronas de la moral y la ética, ya perturbadoras de la paz mundial. Por ello, frente a la colisión de civilizaciones, planteada y diseñada estratégicamente por Samuel P. Huntington, denuncia Hans Küng dicho modelo de miedo al servicio de estrategias militares y defiende, en Una ética mundial para la economía y la política que, en una visión positiva de futuro, la paz global entre las religiones debe procurarse con todos los medios, como presupuesto y motor de una paz global entre las naciones. En la Comunidad Humana siempre es mucho más lo que une que cuanto nos separa.

En esta misma perspectiva, ante una realidad muy candente como la que estamos viviendo, el XI Congreso Internacional de la Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría: “Iglesia, Política y Sociedad”, que se ha celebrado los días 25, 26 y 27 de noviembre, ha puesto su mirada en el compromiso de justicia ante contextos históricos complejos; en la importancia de los movimientos populares y las comunidades creyentes que inciden históricamente en la realidad de la vida pública; en la Teología Política como instancia crítica o pensamiento religioso crítico y público; el análisis de procesos políticos concretos; y las potencialidades que ofrece la conjunción de fe y justicia para el diálogo, la transformación y la convivencia.

Por mi parte, he procurado reconocer y actualizar las perspectivas de dos personajes históricos: monseñor Romero (1917-1980) e Ignacio Ellacuría (1930-1989).

La primera conclusión es que, con la violencia estructural, las injusticias y las guerras, podemos acabar no sólo con una multitud de personas y de familias humanas, sino con el Planeta Tierra. Urge, pues, un acuerdo de no destrucción. Frente a un mundo dividido y enfrentado en diversos puntos y fronteras del Planeta no cabe sino afirmar la universalidad única de la Humanidad y la exigencia de asumir la diversidad de los pueblos en la unidad y en la interculturalidad entre todos los seres humanos y comunidades del Mundo. ¿Acaso esa Iglesia sin fronteras que pide el obispo de Tánger no sería la petición de monseñor Romero, asesinado por considerar y proclamar como un contra-dios la orden de matar?

La segunda conclusión, frente al mal común y el desorden y la teoría del caos implantados, es la necesidad de un nuevo Orden Mundial, puesto que todos los seres humanos somos hermanos, en cuanto que personas.

Otras conclusiones:
• Diálogo intra-religioso y apertura conciliar inter-religiosa en contexto de violencia, economía de guerras y migraciones. Necesidad de redescubrir y recordar (cordialmente) el sentido de la religación y el amor, que es lo que puede unir.
• Exigencias éticas de solidaridad comunitaria y defensa de los derechos fundamentales, inherentes a la dignidad humana.
• Conjunción Ética y Política, o supeditación de la Política a la Ética y de la Economía a la Política.
• Formación integral: académica, profesional y universitaria, con compromiso y proyección social responsable para un desarrollo integral sostenible.
• Filosofía de la Liberación aplicada, más allá del positivismo jurídico establecido, y Teología de la Liberación crítica y dialogante, con sentido de análisis de la realidad y de la complejidad histórica, lugar por excelencia donde hacer real la verdad y la justicia.
• Actualización y garantías de los derechos humanos y los derechos emergentes de las personas, las comunidades y la Tierra, y refundación consecuente de Naciones Unidas, con el fin de responder a las exigencias de los tiempos históricos de esta nueva era.

Desde mi punto de vista sería una buena noticia no fomentar estratégicamente el conflicto de civilizaciones y el enfrentamiento de culturas y religiones sino caminar hacia un horizonte de paz y de convivencia, con la exigencia de revertir la historia hacia la verdad. Hacia la verdad frente a la mentira, hacia la justicia frente a la injusticia estructural, y hacia la dignidad de la persona humana frente a todo tipo de discriminación, odio, y agresividad destructiva.

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