Pablo Iglesias o la prestidigitación de la palabra

Existe una indignación de la población y falta de credibilidad en los políticos y los partidos que los fundadores de Podemos han sabido aprovechar muy bien.

El líder de Podemos, Pablo Iglesias.
El líder de Podemos, Pablo Iglesias.

Francisco J. Martínez-López. Pablo Iglesias (Podemos) tiene muchas tablas y cintura política. Tiene arte para zafarse de lo que no le interesa, mediante respuestas que abruman por la cantidad de palabras sin pausa que responden poco a la pregunta o a la crítica, pero utilizan mucho tiempo de palabra para decir poco o nada; más que verborrea, es verborragia. Esto es una técnica para eludir las cuestiones comprometidas, que indirectamente muestra la falta de honestidad de un político; querer esquivar cuestiones con artes distractoras en lugar de ser claro, o reconsiderar una posición o cuestión en que puede haberse equivocado. Es muy difícil ver esto en Iglesias. Hay muchos ejemplos; a mí, el tema eludido continuamente que más me indigna, y sobre el que aún no ha rectificado, es el de Venezuela y el chavismo; no tanto por Venezuela como porque un político que se postula como Presidente del Gobierno de España evite posicionarse claramente ante una cuestión que, para alguien que quiere representar a una parte importante de españoles, no debe dejar margen a la duda; al contrario, en Iglesias y varios colegas suyos de Podemos, más que dudas por su tibieza respecto de este tema, no quedan dudas de su posición contraria a la que debería ser la de un demócrata. Esto me indigna. ¿Los motivos para ello? A poco que se busque en la prensa nacional, el interesado encontrará varios.

Pero sigo. Con premeditación y asesoramiento, por supuesto, como todos en este caso, Iglesias utilizó para el final de su intervención, el minuto a cámara, una estrategia. La suya fue la de la identificación con los desfavorecidos, recordándonos que sonriamos a los que se levantan a las 6 de la mañana y no tienen dónde trabajar, a las madres con jornadas de 15 horas, a los abuelos que se parten la espalda para estirar su pensión. Aunque se le olvidó decir que lloremos por los presos políticos de Venezuela o Cuba, entre otras cosas, por los que enarbolan el respeto a los derechos humanos a conveniencia, por los políticos cínicos, sean de la vieja o de la nueva política. Yo no me olvido de estas y otras cosas para las que Iglesias no apeló a nuestro recuerdo, y espero que muchos de mis compatriotas, como yo, tampoco lo hagan cuando voten el 20-D.

En este país, España, hay mucho hartazgo, con motivos, ya lo comenté hace tiempo en esta columna, con la clase política y los partidos históricos. Existe una indignación de la población y falta de credibilidad en ellos que los fundadores de Podemos han sabido aprovechar muy bien. Respetaba, por esto, más a los votantes y simpatizantes de este partido que a sus líderes, y en concreto a Iglesias. Pero viendo cómo Iglesias utiliza repetidamente estos “trucos”, y cómo tantos valoran sus dotes discursivas, y lo ponen de ganador del debate de ayer, yo me pregunto qué cosas son la que ven estos ciudadanos –y analistas políticos- para decir esto.

Creo que el que tenga pensado votar a Podemos votaría con mucha más coherencia y dignidad política si votara a Izquierda Unida, partido en el que se formaron, y del que salieron, Iglesias y algunos de sus colegas, hace no mucho, por cierto. En cambio, el votante de Podemos va a votar más con el estómago y las esperanzas de cambio real, con querer dejar atrás una España que no le gusta, que con el conocimiento de saber lo que realmente está votando. El ideario de Podemos ha evolucionado ciertamente en el último año; de estar a la izquierda de Izquierda Unida, han pasado casi a ponerse a la vera del PSOE. Todo vale cuando se trata de ganar votos, aún a costa de pervertir las esencias del origen de su movimiento.

En cuanto a su líder, Iglesias, volviendo al inicio del artículo, es un prestidigitador de la palabra, categoría que está alejada de la buena oratoria, por debajo del buen retórico; quizá, esté más próxima a la del político sofista. Yo creía que los trucos de magia que utilizaba eran más para niños. Pero, no, funcionan también para adultos. Quiero pensar que el nivel de inteligencia medio del votante de nuestro país estará por encima de su prestidigitación. Me he tomado la molestia de transcribir una parte del debate de ayer, cuando el periodista Vicente Vallés le pidió que aclarara algo que había dicho, a propósito del derecho a decidir en Cataluña, si se quedan o no en España; Iglesias había establecido una comparación con Andalucía antes de la Constitución. Esto es sólo una muestra de cómo procede Iglesias en estas situaciones. Uno se puede equivocar, como le sucedió claramente a él; ése no es el problema. El problema es cuando tienes la oportunidad de rectificar y, no sólo no lo haces, sino que, para no reconocer tu error, te vas por peteneras. Eso sí, con una verborragia a discreción que ya quisieran otros. Pero, en el fondo, verborragia. Justo al acabar el debate, por cierto, una periodista de la Sexta le hizo una pregunta al respecto de esto, otra nueva oportunidad para rectificar, y nada…tú pregúntame, que yo te respondo lo que me dé la gana.

Por tanto, que el que vote a Podemos lo haga sabiendo qué vota y por qué lo vota. Ah, y que conste que no he hecho mención a lo poco seria que me parece la indumentaria de Iglesias, perfectamente estudiada, de vaqueros y camisa desabrochada por el cuello y mangas vueltas por encima de los codos; es tan fiel a ella como Pablo Motos, de El Hormiguero (Antena 3), a sus vaqueros y camisa entallada con el faldón por fuera. Permítanme una breve digresión al respecto. Quizá piensen, los asesores de Podemos, o el propio Iglesias, o ambos, que esa imagen va a proyectar más autenticidad y proximidad al pueblo llano y, por tanto, conexión con mayor parte de la población. Pero su imagen no es la de un artista o un presentador, sino la de un político que se postula a ser Presidente del Gobierno de España. Hay formas que un político de esta categoría debe cuidar, y el aspecto y vestimenta está entre ellas. ¿O es que Pablo Iglesias, si fuera presidente, seguiría dejando el traje y corbata para el resto de los varones del Congreso de los Diputados? Si es que ya nos pasamos de “modernos”… Y frente a esta reflexión no creo que discrepase mucho mi yo de hace veinte años, que tenía perilla y se afeitaba el resto de la cara cuando se acordaba, esto es, como Iglesias, y tenía el pelo tan largo como para llevar coleta, aunque este recurso estético siempre lo evitara por cuestión de gustos. Tampoco creo que el Felipe González joven, de principios de los setenta, que en socialismo, autenticidad y pertinencia histórica daba alguna vuelta a Iglesias hoy –por supuesto, también a Pedro Sánchez, y al propio González ahora; supongo que él, en su fuero interno, sentirá también nostalgia a veces–, cuya familia tenía una vaquería, y algunos de Sevilla decían que a veces llegaba a las reuniones con una chaqueta que olía a vacas, pero que supo en todo momento evolucionar su atuendo con el estilo que requerían los momentos a medida que creció su liderazgo, discrepase mucho respecto de esto.

Ejemplo de las dotes de prestidigitación de la palabra de Pablo Iglesias. Extracto del debate de La Sexta y Antena 3 (Atresmedia), 7 de diciembre de 2015:

-Pablo Iglesias: En el año 1977, Andalucía decidió que, como Andalucía, querían estar en España. Y eso es un ejemplo para nosotros frente al inmovilismo.
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-Vicente Vallés (periodista): Sr. Iglesias, me ha quedado una duda de su intervención anterior, que no sé si le he oído mal. Usted ha hecho una referencia a Andalucía, a que Andalucía decidió en un momento determinado si seguía en España o no,.
-Pablo Iglesias: el 4 de Diciembre de 1977.
-Vicente Vallés (periodista): Ahí decidió a través de qué artículo de la Constitución se iba a aplicar la Autonomía.
-Pablo Iglesias: no se pongan nerviosos.
-Vicente Vallés (periodista): Estamos tranquilos, sólo queremos que nos lo aclare. Sólo le pedimos que nos lo aclare.
-Soraya Saenz de Santa María: El presentador creo que es el que está más tranquilo de todos.
-Vicente Vallés (periodista): Tengo que decirle que yo no me juego nada aquí.
-Pablo Iglesias: Hay muchos andaluces que nos están viendo ahora, y seguramente recuerdan como cientos de miles de ellos salieron el 4 de diciembre de 1977 a reclamar el Estatuto de Autonomía de Andalucía.
-Pedro Sánchez: ¿Y eso qué tiene que ver con la independencia?
-Pablo Iglesias: Eso tiene que ver, y calmaos, no interrumpáis todo el rato, tiene que ver con la voluntad de formar parte de un proyecto colectivo. Hubo socialistas que entendieron Cataluña, como el señor Maragall e incluso el señor Zapatero.
-Pedro Sánchez. No cambies de tercio, explícanos lo de Andalucía.
-Albert Rivera: Pablo, pero que no era por la independencia, era por la autonomía.
-Vicente Vallés (periodista): Dejen hablar al señor Iglesias
-Pablo Iglesias: Calmaos, no os pongáis nerviosos. Es un tema en el que el diálogo, la capacidad de escucha, y acabar con la dinámica del “y tú más”, y los choques, es lo que mejor funciona.
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-Periodista Sexta [a la salida del debate]: Le han comentado algo sobre el Estatuto andaluz. ¿Cree que ha sido un error hacer referencia a esto?
-Pablo Iglesias: Creo que ya era hora de que alguien dijera que España es un país diverso, y que es el país en el que el futuro se ve a construir sobre la diversidad. Y para nosotros es un honor ser la fuerza política estatal que reconoce que lo fundamental para construir un proyecto común es el respeto y la sensibilidad por esa diversidad.

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