Viva España, y a quien le pique, que se rasque

El exilio de la patria chica y grande da a uno nostalgia de país e intensifica el sentimiento nacional.

Francisco J. Martínez-López. No sabía ni que era la final de la Copa del Rey, ni que la jugaban el Barça y el Athletic. Me he enterado por estos post que se han puesto en el Facebook por la pitada al Himno Nacional. Por curiosidad, he buscado un vídeo de ese momento en YouTube para verlo. Me ha hecho gracia esa media sonrisa que se le puso a Mas, al lado del Rey, cuando empezó la gran pitada, monumental, de eso no hay duda, como regodeándose por dentro, sin demasiado disimulo, y el bochorno que han pasado algunos otros que han enfocado, jugadores del Barça y del Athletic entre ellos.

No voy a decir que desde NYC se ven estas cosas con mayor perspectiva, porque algunos, como Pep Guardiola, pasaron por aquí hace no mucho, vivieron más de un año, y demostraron ampliar poco las miras; él, en concreto, defendió la independencia de Cataluña en la distancia, e incluso fue a votar expresamente, creo que desde Alemania, el día de ese simulacro de referéndum liderado por Mas, cuyo posible comportamiento contrario a derecho está siendo estudiado por la justicia en estos momentos.

No soy monárquico, pero soy un demócrata, y por eso respeto la figura del Rey, mientras no se proponga y pueda votar el cambio de modelo de Estado por los cauces legales; ya compartí una reflexión sobre esto. Pero una cosa es la monarquía, y otra cosa es España. Lo que han propiciado todos estos brotes independentistas de los últimos años, sabiamente potenciados por algunos políticos, como Mas, que se han aprovechado del contexto de crisis y necesidad de la gente, más receptiva, creyendo erróneamente, como les han vendido, entre otras cosas, que en la independencia estaría la solución a los problemas, es una exaltación reactiva del sentimiento español en la población. Esto explica que, por ejemplo en reuniones de amigos, el amigo catalán salga con lo del independentismo y que se respete su pueblo, y el amigo andaluz salte en sentido contrario, pidiendo un respeto y recordando que, ese pueblo que el catalán llama suyo también es del andaluz, de la misma forma que la tierra andaluza también es catalana, en tanto que España es todo, y España es de los españoles.

El exilio de la patria chica y grande da a uno nostalgia de país e intensifica el sentimiento nacional. Vivo en un barrio latino de Manhattan, rodeado de sonidos en español. La conversación en español con acento dominicano de unas mujeres que montan un puesto ambulante de ropa debajo de la ventana de mi habitación me despierta todas las mañanas. Salgo a la calle y veo todos los comercios, la mayoría con los letreros en español, y me cruzo con decenas de hombres y mujeres latinoamericanos a mi paso. Les escucho hablar español y siento una conexión especial con ellos, aunque no los conozca. Pero este sentimiento cercano se queda corto comparado con el que experimentaría si coincidiera en el vagón del metro con personas hablando en catalán, porque pensaría que ellos sí son de los míos, de España, con todos los elementos comunes y compartidos que ello implica. Por supuesto, ni a los latinoamericanos de mi bulevar ni a los hipotéticos catalanes que me encontrara les diría nada; seguiría a lo mío. Pero ese sentimiento especial existiría con los catalanes, aunque ellos pudieran no sentir lo mismo al escuchar a alguien con acento andaluz, al igual que con otro español, al margen de donde fuera.

Por tanto, cuando veo un estadio a reventar de gente pitando de esa manera el Himno Nacional, y con ello demostrando tener la categoría y el saber estar donde yo tengo el culo, sólo pienso dos cosas de los que se comportan con esa falta de civismo: una, vaya descerebrados patéticos; y dos, ya me gustaría a mí independizarme de ellos, y con ello mejorar la media de inteligencia del país.

Viva España, y a quien le pique, que se rasque.

P.D.: Mi reflexión sobre los movimientos independentistas de los últimos años puede leerse aquí.

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