Kafka también fue impreciso

Era un hombre, básicamente, atormentado, que pareció utilizar la escritura como un recurso evasivo y canalizador de sus conflictos internos.

Portada de un ejemplar de 'La metamorfosis'.
Portada de un ejemplar de ‘La metamorfosis’.

Francisco J. Martínez-López. Esta mañana, ya casi al final del horario comercial, con mis dudas sobre si me encontraría abierta o no la librería, he adquirido los Diarios del praguense Franz Kafka, quien tuvo una muerte sufrida, aunque la angustia psicológica lo acompañó toda la vida. Era un hombre, básicamente, atormentado, que pareció utilizar la escritura como un recurso evasivo y canalizador de sus conflictos internos. Por eso, escritores insignes de la que no mucho después de su fallecimiento se erigiría formalmente como la corriente literaria existencialista lo reconocieron como una de sus referencias, aunque no conocieran todas sus obras, pues muchas fueron publicadas póstumamente, en contra de la voluntad del propio Kafka, gracias al buen criterio de su amigo Max Brod, a quien confió sus manuscritos inéditos para que los destruyera. Tengo mis reservas acerca de lo que este libro puede aportarme de positivo al espíritu, no obstante. Por supuesto, en modo alguno me refiero a su calidad literaria –por cierto, dicho sea de paso, aunque en el caso de Kafka su calidad e interés es indudable, no son éstas características comunes en los diarios de los escritores célebres; se podrían dar varios ejemplos, aunque no vienen al caso ahora, incluso de algún Premio Nobel de Literatura, con unas notas personales habitualmente pobres y mundanas; no es esto, sin embargo, criticable, si se disculpa al autor por la más que razonable posibilidad de que reservara su genio para sus trabajos, y se relajara en lo que no pensara difundir; también hay ejemplos de otros Nobeles de las letras con unos diarios soberbios, pero no entraré en mayores detalles y dejaré la identificación en el aire–, sino a su ánimo proyectado, seguramente embebido en el pesimismo existencial que subyace de manera predominante en sus escritos.

Kafka, o K., como habitualmente denominaba a los protagonistas de algunas de sus obras, también utilizado con frecuencia para abreviar su apellido en sus Diarios, era un hombre que debía tener varios trastornos mentales estructurales, fácilmente apreciables en sus textos más personales; por ejemplo: “Soy un enfermo mental”, reconocía en su obra Aforismos, visiones y sueños. Y esto no lo digo porque ignore, o quiera mantenerme insensible ante el estado interior que pudo padecer al escritor. Al contrario, sospecho que voy a empatizar en momentos diversos con él, y, con ello, a entrar en un lapso de deriva emocional acorde con la suya que preferiría evitar; no es precisamente Kafka un escritor que, en mi opinión, consiguiera con su obra aliviar su angustia, con destellos literarios que reflejaran una visión efímera de la luz, como sí pudo hacer Camus, lo cual aporta una esperanza agradecida por el lector; su desahogo existencial, desde mi conocimiento limitado de su obra, intuyo que vino más por los efectos de sus confesiones psicoanalíticas hechas literatura que por la propia resolución, o tentativa, provechosa de las mismas. No obstante, como digo, pienso leer sus diarios, aunque no ahora, pronto. Pero sí he querido leer unas breves y, debo añadir, útiles notas introductorias de la obra realizadas por su traductor –al menos, el de la edición que he comprado–, Jordi Llovet.

Son curiosas las casualidades; ya lo he comentado en alguna que otra ocasión aquí. Justo tras leer este prólogo, he echado un vistazo a la sección cultural de la edición digital de El País, y me encuentro un artículo reciente, “Traducir a Kafka: ¿‘La metamorfosis’ o ‘La transformación’”, publicado hace poco más de una semana. Aquí, dos traductores que han traducido la obra de Kafka, cuyo título original, en alemán, es Die Verwandlung, uno de ellos Llovet, el autor del prólogo del libro que he comprado, presentan sus posiciones, contrapuestas, sobre cuál debe ser la traducción más adecuada al español. Una, seguir respetando el título de la primera traducción que se conoce en español de la obra. Sobre la autoría de esta traducción, por cierto, hay varias conjeturas, e historias interesantes. Una de ellas atribuía la traducción al escritor argentino Jorge Luis Borges, aunque él mismo aclaró con el tiempo este malentendido; él, en línea con lo que defiende Llovet, disconforme también con la palabra escogida para la traducción al español, reconoció que, aunque aparecía como traductor de una compilación de obras de Kafka en castellano, quizá por decisiones editoriales para simplificar esta información, había traducido todas las obras del libro menos ésa. La especulación más plausible, aunque también se habla de que algún traductor podía haber utilizado de referencia para la traducción la versión francesa de la obra, que optó por la palabra de origen griego “metamorfosis”, es que la traducción fue realizada por Margarita Nelken, española e hija de inmigrantes judíos alemanes, en 1925, y publicada en dos números sucesivos de la Revista de Occidente; esta posibilidad, apuntada por el hijo de Ortega y Gasset que dirigió esta revista durante unos años, está avalada por una investigación realizada por la filóloga alemana C. Pestaña (1999). Dos, la posición de Llovet, optar por el término “transformación”, más fidedigno respecto del original en alemán.

Parece que la discusión lingüística tiene poco recorrido. Es una cuestión poco controvertible. Transformación es un término más preciso para equipararse al original alemán utilizado por Kafka que metamorfosis; existe, además, un término similar a metamorfosis en alemán que, de haber sido de su interés, podría haber sido utilizado por el autor, aunque no fue así. Y ahora, el traductor se enfrenta ante el dilema de si, aun sabedor de su imprecisión, seguir manteniendo la palabra metamorfosis, habitual en las traducciones de la obra y dominante en la mente del lector hispanohablante, o si, por el contrario, enmendar esta licencia de los primeros traductores de la obra a otras lenguas, y utilizar el término transformación.

Considero más importante la fidelidad de los textos de la obra, donde toda mejora que aproxime el texto traducido al original es conveniente siempre, que modificar su título tras haber sido utilizado durante décadas, ya casi un siglo, mucho más si es una de las novelas más conocidas de la literatura del S. XX; me está viniendo ahora uno de los pasajes más famosos de la novela de Kerouac En el camino –On the road, en su inglés original, totalmente coincidente; aunque también está En la carretera, que se corresponde con una edición distinta, con el texto sin corregir del rollo original entregado por Kerouac a la editorial; éste es otro motivo por el que los cambios de título generan confusión; el lector puede dudar de si se trata de la misma edición, u otra con alguna variación, como este caso que comento–; al principio de la novela, el protagonista se refiere a las únicas personas que son interesantes para él, y realiza una enumeración de sus características, que concluye con una repetición del verbo arder (burn) en tres ocasiones “but burn, burn, burn…”; en la edición en español que leí en Anagrama hace muchos años, quizá ya haya sido enmendado en ediciones posteriores, el texto traducido sólo utilizaba el verbo en una ocasión, no en tres; aquí, evidentemente, el traductor que se encargara de la traslación al español se cargó un recurso del autor; este tipo de imprecisiones sí deben ser corregidas, aunque no alteran nada estructural ya afianzado, como el título. En cambio, esto, más allá de darle un protagonismo al traductor que apueste por ello, y a la editorial que lo apruebe, confunde innecesariamente al lector.

Durante la lectura del interesante del prólogo de Llovet a los Diarios de Kafka, he tenido varios momentos de duda cuando destacaba la obra “La transformación”; ¿cómo puede ser tan importante y no sonarme?, he pensado. Sólo cuando en un párrafo posterior menciona a su protagonista, Gregorio Samsa, he asociado los términos y he dado cabida a la posibilidad de que fuera un título alternativo a “La metamorfosis”, el clásico. Aunque, como digo, el traductor responsable también podría haber optado por una aclaración técnica en una nota previa al inicio de la obra, donde informase al lector de la imprecisión del término utilizado históricamente para la obra, si bien, para evitar inconvenientes diversos derivados de cambiar el título habitual, se ha decidido mantener. De esta forma, la profesionalidad del traductor queda intacta, y la editorial también se ahorra posibles problemas comerciales por el cambio del título; por ejemplo, algo tan simple como que una persona busque en la estantería de una librería la novela por su título habitual, pase por el lomo de la novela con el título nuevo una y otra vez, pero sin percatarse, y tenga que acabar pidiendo ayuda al librero, con la posterior aclaración del vendedor y sorpresa del lector.

Debe tenerse en cuenta, también, que las imprecisiones de las traducciones de los títulos de las novelas –no digamos ya películas; ahí ya sí que nos movemos en adaptaciones que nada tienen que ver con la equiparación del título original y el traducido–, no es algo localizado exclusivamente en esta obra de Kafka. Ahora se me ocurren varias obras célebres con problemas similares, y que no se han solucionado con un cambio de título. ¿Conocen la obra Transgresión y expiación? ¿Les suena por el título? ¿Y si les dijera que es de las más famosas de la literatura universal? ¿Nada aún? Vale, otra pista: es de Dostoievski. ¡Cómo¡ ¿siguen sin conocerla? Tranquilos, dejen de sentirse mal, sobre todo si se precian de ser lectores de las grandes obras, por ignorar esta novela del genio ruso, escritor que influyó en Kafka, por cierto. Seguramente les sonará más por el título Crimen y castigo. Pues bien, el título que les comento sería una traducción mucho más fidedigna que el que conocemos, aunque no se ha cambiado; el traductor de la obra, eso sí, hizo una aclaración lingüística en este sentido en una nota preliminar; esto, como he dicho, me parece más conveniente que la corrección del título, decisión equivocada, en mi opinión.

Hasta aquí, lo que concierte a las decisiones acerca de la traducción del título de la obra de Kafka al español. Prosigo con otra cuestión, en la que no entran los artículos que he leído a propósito del dilema de si mantener el término clásico utilizado o si utilizar el más preciso, esto es, metamorfosis o transformación. ¿Y si el origen de la imprecisión estuvo en el propio Kafka? El término metamorfosis se ajusta mejor al proceso de cambio que sufre el protagonista de la novela –recordemos, Gregorio se levanta un día en su cama y se da cuenta de que se ha convertido en un insecto, una especie de coleóptero; la familia lo repudia, acaba muriendo desangrado, solo, sin ayuda, y la familia se deshace de él, tirándolo a la basura, y sigue con su vida– que el de transformación. Por supuesto, semánticamente son similares, pero estos procesos de cambio en los animales –en el ser humano, hasta el momento, sólo posible en los libros y en las películas– en la biología se conocen con el nombre técnico de metamorfosis; puestos a ser fidedignos, con la traducción, pero también con el proceso biológico del protagonista, más próximo a la ciencia-ficción, metamorfosis debería haber sido el término elegido por Kafka para la novela. ¿Por qué no lo hizo? ¿Era consciente de esta precisión biológica y, aun así, prefirió no utilizar el término, quizá para distanciarse también de la comparación inevitable que habría supuesto con la obra homónima del poeta romano Ovidio? Lo desconocemos; las posibilidades son múltiples y me temo que no hay forma de resolver la cuestión.

Una cosa sí está clara: si el traductor que optó por primera vez, en español o en otra lengua, el primero que tomó la decisión de utilizar metamorfosis y, con ello, el origen probable de la cadena de traducciones posteriores que siguieron utilizándolo, no fue preciso en el término elegido al compararse con el original en alemán, sí lo fue, al contrario que Kafka, en la ilustración del cambio biológico experimentado por Gregorio Samsa, el protagonista. Así que una cosa por la otra.

Tendría diecisiete o dieciocho años la primera vez que leí esta novela; las páginas de mi ejemplar de Alianza Editorial están ya cuarteadas, amarillentas, y con un olor añejo. Para mí, siempre será La metamorfosis.

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