El secreto tras la cerradura

La cuestión entonces era si merecía la pena hacer una cola de más de 20 minutos bajo la lluvia para descubrir el secreto que escondía esa cerradura.

Jardín de los Naranjos de Roma.
Jardín de los Naranjos de Roma.

Francisco J. Martínez-López. Hay una puerta en Roma que es célebre por su cerradura, o, mejor dicho, por la imagen única que se ve mirando por ella. Es la puerta principal de acceso al Priorato de los Caballeros de Malta, lugar con un tratamiento diplomático especial, pues su ubicación no se considera como suelo italiano; algo así como lo que ocurre con el Vaticano, con la gran diferencia de que éste es estado independiente, y aquel sólo una localización cuyo suelo no es italiano. Está en lo alto del Aventino, colina limítrofe con el Tíber, quizá una de las zonas más tranquilas de la ciudad, donde se encuentran otras atracciones históricas, como la Boca de la Verdad, en la iglesia de Santa María in Cosmedin, o el Circo Máximo, ubicado cerca, en una planicie, en el valle entre el Aventino y el Palatino. El propósito inicial de este estadio, uno de los más excelsos jamás construidos durante la era del Imperio romano, con más de dos milenios de antigüedad, era albergar las carreras de caballos y cuadrigas. De lo que debió ser una construcción monumental, ahora sólo queda el aire, una superficie baldía de polvo y chinarro blanco hundida en un ruedo rectangular de poco menos de dos cientos metros de largo –natural en apariencia, pero que, al poco de observarse, permite intuir lo que fue una pista de carreras– circundada por unas pendientes de varios metros de hierba raquítica y descuidada, donde antaño debieron estar las graderías. En uno de los extremos de la depresión, una torreta reconstruida, repellada con una mezcla rojiza, destaca sobre unos muros de adobe en mal estado, entre destruidos y restaurados.

La mejor forma de hacerse una idea de lo que fue es ver los fotogramas la clásica Ben-Hur (1959), donde el protagonista, Judá Ben-Hur, interpretado por el actor Charlton Heston, tira de una cuadriga de caballos árabes blancos (Antares, Rigel, Altair y Aldebarán), propiedad de un jeque que era su mentor, y se enfrenta a un grupo de jinetes con aspecto y atuendos variopintos; uno de ellos era Mesala, su amigo de la juventud, pero enemigo ese día en la pista, que conducía una cuadriga de caballos negros. Ese lugar recreado en Ben-Hur era Circo Máximo, lugar en que supuestamente tuvo lugar la carrera.

Por cierto, una nota curiosa. ¿Saben que en estos momentos se está rodando un remake de Ben-Hur? De los nuevos actores, el que hará de jeque será Morgan Freeman, por ponerles un ejemplo. La productora solicitó la utilización de este emplazamiento para rodar algunas de estas escenas de la carrera, supongo que realizando las reconstrucciones debidas, pero no han obtenido finalmente las autorizaciones pertinentes. Las autoridades italianas competentes aducen la protección del patrimonio cultural como principal motivo, aunque el alcalde de Roma se lamenta de esta decisión, por el beneficio que considera que habría supuesto para la ciudad. Sí es cierto que, si se consideran acontecimientos recientemente autorizados, como por ejemplo un concierto de la última gira de los Rolling Stones, 14 on fire, dado ahí el 22 de junio de 2014 y por el que pagaron un alquiler de unos ocho mil euros la hora –la banda obtuvo unos ingresos brutos de varios millones de euros–, algunos acusan de falta de congruencia a las autoridades en las decisiones. Quizá, este nuevo episodio del remake de Ben-Hur, y la decisión tomada, marque un antes y un después en la cesión temporal que se pueda hacer para la utilización del Circo Máximo en el futuro. Por este contratiempo, en la nueva película, las imágenes de la carrera decidieron rodarse en una recreación diseñada exprofeso en los estudios Cinecittà, situados en las afueras de Roma.

La mañana que decidí acercarme a lo alto del Aventino para ver la famosa cerradura, circunvalé todo el perímetro exterior del Circo tratando de imaginarme los eventos ecuestres y las masas que debieron congregarse allí. Llovía con intensidad moderada. Coches por las vías colindantes y turistas desperdigados era lo único que pasaba por allí, más lo primero que lo segundo. A mitad de la Via Circo Massimo, tomé el atajo de la Via di Valle Murcia para acceder a la Via di Santa Sabrina, la única forma de acceder allí arriba. A medida que subía por esa calle ondulante, los aromas de tierra y vegetación húmeda de los jardines públicos y las pequeñas casas y villas se intensificaron, y el murmullo del tráfico de la ciudad fue menguando hasta desaparecer. Un anciano en bici de un desarrollo me adelantó entre sofocos, ejecutando unas pedaladas pesarosas y sin cadencia que terminaron por bajarlo al poco de pasarme; tras recuperar el resuello, siguió a pie, empujando la bici. Ya arriba, pasé por un parque, conocido como el Jardín de los Naranjos, solitario entonces. Me paré en una puerta enrejada que rompe el muro lateral que lo independiza de la calle, y descubre el pasaje central del jardín, uno que acaba en un mirador, al fondo, desde el que supuse que habría una visión privilegiada de la parte de la ciudad al otro lado del Tíber. Pero esa imagen era inaccesible para mis ojos desde mi posición; lo único que intuía era la terminación borrosa de una cúpula que me imaginé que sería la de la Basílica de San Pedro. Unos pasos más adelante, ya en la plaza donde se encuentra la entrada a la Basílica de Santa Sabina, comprobé que había un acceso abierto al parque, así que decidí volver en cuanto descubriera qué se ocultaba detrás de esa cerradura misteriosa; pasada la basílica, había otro parque más pequeño, y que debía de ofrecer unas vistas similares. También estaba vacío.

Seguí caminando hasta el final del camino: la Plaza de los Caballeros de Malta. Allí me encontré, aguantando la llovizna, muchos sin paraguas, vistiendo ponchos de plástico impermeables, una fila serpenteante de turistas de dos o tres personas de ancho y un mínimo de 20 metros de largo, que creía que hacían cola para entrar a un edificio en cuya puerta no me fijé. No sé por qué, pero yo pensaba en la famosa cerradura estaría en la puerta de un callejón sin salida que hay a unos 30 metros más adelante. Atravesé la fila solicitando con gestos venia de los turistas afectados, no fuera que entendieran que quería colarme. No había otra manera de cruzar la plaza, ocupada en su práctica totalidad por esa cola, salvo bordearla por su extremo más distante, aprovechando las traseras de unas furgonetas de venta de comida y bebidas allí desplazadas; eso ya da una idea del negocio del sitio, con concurrencia asegurada a diario, incluso en días de climatología desapacible. Cuando llegué a la puerta, que yo creía que sería la de la cerradura, no había ninguna antigua, de éstas con ojo; todas eran modernas. De vuelta a la plaza, a pocos metros de esa puerta, me crucé con uno de los que estaban haciendo cola. Miré hacia atrás, y comprobé que se acercaba a la puerta que yo acababa de escrutar; quizá, pensó que yo sabía algo que él desconocía.

Fue ya al intentar atravesar de nuevo la fila cuando caí en su propósito: ésa es la puerta donde está la cerradura. El comportamiento habitual del turista era agacharse, echar un vistazo de uno o dos segundos, no más, y dejar al siguiente en la cola. El movimiento era monótono: aproximación, pequeña inclinación del cuerpo para alcanzar con el ojo la cerradura, que estaría a un metro y medio de alto, un ligero apoyo con las manos en la parte de la puerta próxima a la cerradura, lo que con el paso de los años ha acabado por dejar unas marcas visibles de desgaste, vistazo acelerado con un ojo, gesto neutro algunos, otros una risa de sorpresa, y otros con cara de no haber entendido lo que han visto, y fuera. Eso era todo. Allí estaba el espectáculo. La cuestión entonces era si merecía la pena hacer una cola de más de 20 minutos bajo la lluvia para descubrir el secreto que escondía esa cerradura, o si pasar e ir al mirador solitario del Jardín de los Naranjos, donde seguro que había una vista panorámica espectacular; la orientación de la cerradura era la misma que la del mirador del jardín. No lo dudé un instante.

Me reí al ver la conducta gregaria a la que tiende el ser humano, sobre todo cuando no conoce los sitios y sigue al pie de la letra las recomendaciones “confidenciales” de las guías turísticas, que acaban comprando y leyendo cientos de miles, millones de personas en pocos años, por lo que los secretos, de existir, pasan a ser, utilizando un latinismo, congruente con el entorno espacial en que se desarrolla esta historia, vox populi.

Desde ese mirador, introducido unos metros en el vacío del terraplén, con la sensación de estar suspendido en el aire, abajo, vi la espuma que brotaba de los pequeños remolinos formados en la superficie de las aguas arcillosas del Tíber; más adelante, el Trastevere; en el fondo, hacia el oeste, el Vaticano; y, completamente a la derecha, más cercanas, pero aún lejos, la traseras del monumento a Víctor Emmanuel y demás construcciones sobre la colina Capitolina; de esta palabra, por cierto, procede la palabra española “capitolio”. Así que, no sabía lo que me habría desvelado esa cerradura, pero dudaba que fuera una imagen tan extática como la que veía desde ese lugar, en ese día de firmamento encapotado y reguero de gotas en constante precipitación; la panorámica no es tan buena, sin embargo, como la que se tiene desde Gianicolo, conocida como la octava colina de Roma; estuve ayer en el ocaso, se encuentra sobre el Trastevere, y las vistas de la ciudad son extraordinarias, seguramente las mejores. En varias ocasiones giré la cabeza, hacia esa puerta con rejas que comunica la vista con la vía Santa Sabrina, y observé el paso intermitente de turistas, bien hacia arriba, camino de la cerradura, o ya de vuelta, pero pocos entraron en el jardín. No debían llevarlo en la recomendación de la guía que les hubiera llevado hasta allí.

Empezando la frase con una palabra italiana habitual para iniciar este tipo de reflexiones, “allora,” ¿qué visión esconde esa cerradura? Si quieren salir de dudas, tendrán que buscar la manera de averiguarlo; una, la más romántica, es venir a Roma, subir el Aventino, hacer la cola, sobre todo si van en horas centrales del fin de semana o de días señalado, y mirar a través de ella. Yo quizá lo haga algún día, si me coge por la zona, aunque no voy a volver expresamente para ello. Me he informado, no obstante, por otros medios, y ya sé cuál es la imagen escondida. Lo reconozco, está bien; es original, aunque no tanto como para que una visión tan breve merezca una cola tan larga, teniendo el Jardín de los Naranjos al lado.

One Response to "El secreto tras la cerradura"

  1. Francis   abril 18, 2015 at 10:36 am

    Magnífico artículo Paco. La vida tiene sus luces y sombras escondidaas tras la cerradura. Un abrazo.

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