Del bit al átomo: la tercera Revolución Industrial se esconde tras la impresión 3D

Diseñar el objeto que se nos ocurra en el ordenador y convertirlo en una realidad en nuestro propio hogar ha dejado de ser una utopía. Esta tecnología, cuyo precio ha ido cayendo hasta ser accesible a los bolsillos de los ciudadanos, rompe por completo con los procesos de fabricación tradicionales. Ahora tenemos la industria en casa.

Impresora 3D.
Impresora 3D.

Ana Rodríguez. Este 12 de abril culmina en León la segunda edición de la 3D Printer Party, el encuentro nacional más importante dedicado a la impresión 3D, en el que profesionales y aficionados han tenido la oportunidad desde el pasado día 10 de conocer las novedades en este sector, como sus nuevos materiales y desarrollos, los avances del último año y las previsiones de futuro. Este evento pone de relieve la importancia de una tecnología a la que le falta poco para cumplir 25 años, aunque seguramente muchos de ustedes no la conocían hasta hace un par de ellos.

Y es que a día de hoy la que se considera la Tercera Revolución Industrial, es decir, la fabricación digital, es una invención poco conocida por el ciudadano de a pie, aunque el número de personas que se dedica profesionalmente a ella en nuestro país aumenta de forma progresiva.

Bola hecha con tecnología de impresión 3D. / Foto: pixabay.com
Bola hecha con tecnología de impresión 3D. / Foto: pixabay.com

Pero, ¿en qué consiste exactamente la impresión en 3D? Uno de los emprendedores españoles en este sector, José Ángel Castaño, CEO de la empresa León 3D, la define como “una tecnología que consiste en que diseños realizados por ordenador se puedan transformar en objetos reales, lo que permite que una pieza diseñada en un sitio pueda ser enviada a través de la red e impresa por una impresora 3D a cientos de kilómetros de distancia”.

Es decir, quien posee estos aparatos puede elaborar de manera digital un modelo y hacerlo luego realidad, como si de una fotocopiadora de objetos se tratara. A esta traslación del mundo virtual al real se la conoce popularmente como ‘pasar de los bits a los átomos’ y permite reproducir y modificar desde piezas para máquinas a joyas, juguetes e incluso bicicletas, coches, medicinas y, en un futuro no muy lejano, órganos humanos (y hablamos de los de verdad, no de los de plástico que se hacen para que los médicos practiquen antes de una operación).

Los talleres para aprender esta tecnología también se dirigen a niños. / Foto: Flickr.com
Los talleres para aprender esta tecnología también se dirigen a niños. / Foto: Flickr.com

Así pues, y aunque el plástico es el material más común y más barato para imprimir en 3D, también se pueden utilizar otros como la arena, metales, tejidos biológicos, barro o cualquiera que pueda aglutinarse creando una forma pastosa. Por ello, “los avances en esta tecnología son casi diarios y podemos estar hablando de aplicaciones en casi cualquier campo, desde educación, medicina, ingeniería, etc. Es una tecnología muy potente que poco a poco se introducirá en nuestras vidas cotidianas, pues también tiene aplicaciones domésticas, pudiendo uno mismo imprimir objetos para su uso cotidiano, como una funda de un móvil o el tirador de un frigorífico”, explica Castaño.

Es precisamente este ‘uso cotidiano’ el que ha hecho que la tecnología comience a sonar en el odio de los ciudadanos. Hasta que las impresoras no han tenido un precio, hasta cierto punto, asequible a los bolsillos de los consumidores, éstos apenas sabían de su existencia. Ahora, sin embargo, su uso empieza a democratizarse y quienes tienen una en su poder puede hacer réplicas de objetos en casa a bajo coste, sin tener que encargarlos a una empresa y esperar a recibir su pedido, o directamente crear aquello que siempre quisieron hacer.

El precio de estas impresoras ha ido cayendo hasta ser asequible al consumidor.
El precio de estas impresoras ha ido cayendo hasta ser asequible al consumidor.

En este sentido, una de las potencialidades fundamentales de la impresión 3D, según el CEO de la citada empresa leonesa, es el abaratamiento de los costes, dado que se pueden realizar prototipos fácilmente que sean económicos. También el que las barreras geográficas desaparezcan es otro de las funcionalidades más potentes de esta tecnología: “ingenieros en Australia pueden diseñar algo y aquí, en Europa, podemos imprimirlo en cuestión de minutos. Así, este tipo de tecnología permite ahorros en costes de transporte y, por ende, energéticos. La impresión 3D permite los repuestos imposibles, crear objetos que no estaban pensados en su concepto original y que en su práctica son o pueden ser necesarios”.

Dada sus características, podemos decir, sin lugar a dudas, que estamos ante una auténtica revolución, tanto física como mental, en la que el usuario empieza a ser partícipe de la creación de sus propias necesidades, y más aún, es consciente de que ya no depende tanto de la industria, pues ahora tiene la industria en casa. Además, el 3D es una tecnología cada día más asequible, pudiendo conseguir una impresora decente por unos 500 euros, que para más inri el usuario puede montar por sí mismo y aprender a usarla con manuales de Internet o, más rápido aún, dando clases con profesionales.

Cabezas de colores hechas con impresión 3D.
Cabezas de colores hechas con impresión 3D.

Una vez que se aprende a manejar el aparato, la mejora en la calidad de vida es fácilmente detectable. “El año pasado, a través de unos amigos, conocí a un chico que necesitaba muletas para andar. Me hicieron gracia los tapones de goma que llevaba en las muletas porque eran muy llamativos y me comentó que los hacia él con una impresora 3D. Se ahorraba dinero, me dijo, además de que podía hacer los tapones de diferentes colores. Su satisfacción personal era inmensa. Ejemplos cotidianos como éste podemos encontrar muchos. A mí, por ejemplo, me valió para reparar la manilla de mi coche”, señala José Ángel Castaño.

Por otro lado, cabe destacar que la impresión 3D aún necesita de mucha divulgación y, sobre todo, formación. España es un país muy puntero en investigación y, como apunta el leonés, “la creatividad que tenemos a la hora de desarrollo y avance es muy positiva. La democratización de esta tecnología está permitiendo que grupos como Clone Wars España –personas que construyen sus propias máquinas-, sean un nicho de investigación y desarrollo. Mucha gente se junta y comparte sus conocimientos, lo que hace que surjan componentes, mejoras o avances en esta tecnología. Un ejemplo de que nosotros podemos contar es que gracias a estos desarrollos hemos lanzado una electrónica específica para la impresión 3D, siendo una de las más avanzadas del mercado, o bien ser únicos en la distribución de un laca fijadora para las impresoras, o el kit que hemos desarrollado con un montaje de apenas cinco horas”.

Aunque el mercado del 3D en España es emergente y va a un ritmo más lento que el estadounidense o que el de otros países europeos como Francia, poco a poco se va incrementado y todo apunta a que habrá una fuerte demanda en un breve periodo de tiempo –como ya ocurriera con el boom de la telefonía móvil-.

Montaje de una impresora 3D. / Foto: Flickr.
Montaje de una impresora 3D. / Foto: Flickr.

Este avance no sería posible sin emprendedores como Castaño y su socio Jesús Fernández, quienes se unieron para diseñar sus propias impresoras en 3D. “Actualmente somos nueve personas involucradas en este proyecto y con la idea de ir aumentando”, apunta el CEO de León 3D, quien además destaca que ahora mismo se encuentran en fase de desarrollo de una nueva impresora 3D de resina: “en breve sacaremos al mercado una nueva impresora 3D, que dará mucho que hablar”.

Y es que la innovación y la investigación son claves para seguir perfeccionando esta tecnología que, según la consultora Gartner, generará un volumen de negocio a nivel mundial de 1.000 millones de euros este 2015, el doble que en 2014. Los pronósticos revelan un incremento de ventas del 100% en el número de unidades para este año, alcanzando las 230.000 máquinas, así como una creciente demanda en los próximos.

Esta locomotora del siglo XXI ya está en marcha y no tiene intención de parar. Los pasajeros se irán subiendo a ella poco a poco, como ocurriera con Internet o la telefonía móvil, hasta que dentro de unos años todos seremos diseñadores digitales, al menos caseros, dando rienda suelta a nuestra imaginación en esa conversión de lo virtual en real.

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