Pensar con la polla

Gabi estaba tan seguro de que ella no llamaría como de que no respondería si él la contactaba.

Francisco J. Martínez-López. Gabi estaba trabajando cuando recibió un mensaje de Nacho, uno de esos muchos conocidos, que todos tenemos, cuyos comportamientos superficiales y poco honestos contribuyen a que al final se acabe cumpliendo el dicho de que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Aunque la escasez de autenticidad en las relaciones es norma y opción generalizada cuando se comprueba su efectividad para medrar en las estructuras sociales. El individuo cada vez encaja mejor su hipocresía, sin que ello le suponga mayor conflicto moral. Gabi lo sabe; lo hemos hablado en ocasiones, y compartimos posición. Mantenemos nuestros comportamientos al margen de esta dinámica, aunque transigimos con la frivolidad ajena cuando se nos presenta, siempre que no se comprometan nuestros principios ni nos tomen por idiotas. En lo primero ninguno de los dos tenemos duda, aunque yo tiendo a ser más flexible con lo segundo que él, pero también tengo mis límites. Una capacidad del inteligente es que puede hacerse el tonto en ocasiones para evitar una discusión inútil, y así ahorrar energía vital; lo contrario, que el necio pase por inteligente, es más complicado. Aunque, no sé si coincidirán conmigo, suele ser más habitual, al menos por lo que he visto, ver al necio yendo de listillo que al inteligente pasando por tonto. Bueno, rectifico o, mejor dicho, especifico: suele verse más al necio queriéndosela dar con queso al inteligente que a éste haciéndose el tonto con el necio. Quizá, porque la necedad es atrevida y, además, confunde bondad con estupidez en el otro.

Cuando hablo de inteligencia o necedad aquí, por cierto, no las concibo como cualidades cognitivas del individuo necesariamente. Al contrario, puesto que se están tratando las claves que rigen las relaciones sociales, más relevante es la dimensión emocional de la inteligencia. Esto hace que pueda darse el caso de personas con una inteligencia cognitiva destacada, pero necios emocionales. Esto puede implicar tener un radar social, ese dispositivo interno con el que la persona es capaz de interpretar las relaciones sociales, poco potente, o de calibración necesaria; a veces, para personas con estas carencias, ni un reajuste por resolverlo del todo; aunque debo añadir que la inteligencia emocional, a diferencia de la intelectual, puede mejorarse con orientaciones y entrenamiento, si bien los progresos tienen también su punto de saturación.

Nacho reapareció tras un par de meses, la última vez que Gabi, por tenerlo pendiente, contactó con Nacho para verse y tomarse unas cervezas. Entonces tardó en contestar. Lo hizo en una hora o así. Le dijo que no le sería posible, porque había salido con una chica, pero que no se preocupara, que lo llamaría en cuanto organizara algo con un grupo de gente con el que suele juntarse para cervezas y copas. Gabi, sin embargo, tampoco confiaba en ello; sabía de sobra que salía habitualmente con este grupo, y que en los últimos meses tampoco había sido informado de sus quedadas. Como me comentó, reitero, contactó con Nacho más por tenerlo pendiente que otra cosa, por sentirse con la obligación moral de hacerlo, por eso de la palabra comprometida, aunque fuera por una cuestión menor como ésta; Gabi es así de formal, incluso con quien no se lo merece. Tampoco le importaba que no le llamara. Hacía tiempo que había encontrado más constructivo quedarse en casa cenando tranquilo, viendo una buena película o leyendo algo, que lo que las rutinas nocturnas insulsas de ese grupo le proporcionaba. Las pocas veces que iba, alguien solía decirle que estaba muy perdido, a lo que Remigio, uno de los veteranos del grupo, de madurez aparentemente asentada e ilustrada, solía apostillar dogmáticamente que era porque prefería más la soledad que la vida social. En parte, su afirmación no era del todo incierta; sólo le faltó adjetivar su vida con un segundo atributo: insustancial. Prefería la soledad bien aprovechada a la interacción social insustancial, pues valora cada vez más el tiempo que pasa.

Pero no se equivoquen. Gabi es muy sociable; siempre está abierto a buenas excusas para salir de su madriguera y compartir su tiempo con gente. De hecho, cuando me habla de la inmortalidad, en él cosa frecuente, me la suele definir en los términos que lo hacía Albert Camus: “vivir hasta que haya desaparecido de la tierra el último hombre”. Es consciente de la importancia de las relaciones sociales en la vida del individuo, aunque su convicción no es incompatible con que cada vez sea más selectivo con la gente con la que decide compartir su tiempo. Alguno puede pensar que esta actitud es extrema; yo, en cambio, la considero más evolucionada; sabe lo que quiere y, sobre todo, lo que no; su comportamiento es simplemente coherente con sus pensamientos; no todos son así de congruentes; él tampoco lo era antes, aunque lo peor es que les pasa la vida y no terminan de reducir la brecha entre sus convicciones y sus actos; por ello, paradójicamente, porque necesitamos vivir sin ese conflicto interno, esas personas, incapaces de que su comportamiento sea el resultado de sus convicciones, acaban convirtiéndose en lo que hacen. El contexto donde esto ocurre con mayor intensidad es el social, porque el individuo tiene un condicionante normativo, ausente en sus comportamientos privados. En definitiva, estas personas terminan por adoptar sus comportamientos sociales, de manera más o menos consciente, como definitorios de su ser. Y cuando les pasa el tiempo suficiente de vida, los menos afortunados, aquellos que no gozan de la ineptitud suficiente para ignorarlo, se dan cuenta de ello y, en ocasiones, de lo que puede ser incluso peor: la imposibilidad de cambio. Esto, claro está, les genera infelicidad. Es un estado emocional desagradable, que, además, un comportamiento social sin cambio agrava, por un doble motivo: primero, porque se sigue manteniendo la impostura social que llevó a ello; segundo, por el desgaste emocional en el individuo que conlleva forzar un estado de ánimo en público, el que cree que será mejor acogido, que suele ser el intrascendente, cuando en realidad puede tener el contrario.

Lo que no sabía Gabi esa noche, dos meses atrás, cuando intercambio mensajes con Nacho, pero tardó poco en descubrir, es que le había mentido. Como Nacho no estaba disponible, llamó a Remigio, casi que también por lo mismo que lo hizo con Nacho, por estar pendiente. Pensó que, como solían quedar los fines de semana, aunque Nacho esa noche se lo hubiera montado por su cuenta, Remigio podría darle algo de luz sobre alguna posible quedada esa noche, o la siguiente; de no haberla, por otro lado, también podrían planificar algo ellos dos. Remigio contestó y saludó con su energía habitual, para después decir algo que Gabi ya había escuchado en otras ocasiones pasadas, eso de “Precisamente, iba a llamarte ahora”; a Gabi tampoco le importaba eso; aproximaba la relación con el mismo enfoque que con Nacho, así que ni siquiera se detuvo en ello. Gabi le propuso tomarse unas cervezas, a lo que Remigio contestó que en media hora había quedado con Nacho y la gente de su grupo en un bar concreto. Gabi no pudo evitar una risa interior decepcionada. Pensó que lo mejor sería no ir, y le pidió, además, que no le dijera a Nacho que habían hablado. Por alguna razón que él desconocía, Nacho había decido mentirle diciéndole que estaba en plan velada con una chica, cuando no era cierto. Sobre todo, Gabi quería evitar que Nacho pudiera sentirse mal al saber por Nacho que esa misma noche lo habría cogido en un renuncio. Sin embargo, Remigio, más amigo de Nacho, pues Gabi y él eran más conocidos bien avenidos que otra cosa, intentó justificarlo con una excusa tonta; en un instante, lo que era una invitación a una quedada en grupo numeroso Remigio lo redefinió como una cerveza con Nacho y su acompañante, a quien, además, Remigio conocía. Gabi, en cambio, haciendo un ejercicio de honestidad, quizá esperando más de Remigio de lo que debiera, le dijo que no se preocupara, que no hacía falta excusarlo, que no había problema. Pero él insistía en la veracidad de su versión modificada. Aunque Gabi, por eso que les he dicho de que es menos flexible que yo cuando lo quieren tomar por lo que no es, añadió: “No es necesario mentir. Con los años que tenemos se puede hablar con más claridad. Además, es más respetuoso. Y no pasa nada.” Fue en ese momento cuando, con una calidad de sonido óptima, de manera totalmente nítida, Remigio dijo: “Oye, no te escucho…Creo que te estoy perdiendo. Hablamos.”, y colgó. Gabi no daba crédito; en menos de una hora tuvo los indicios suficientes para concluir la falta de honestidad necesaria para que esos dos conocidos siguieran siendo merecedores de su tiempo social en el futuro. Le duró poco la sensación; por desgracia, como he mencionado ya, estos comportamientos poco genuinos son habituales en la sociedad; para Gabi, esa noche no le mostró nada que no hubiera visto antes en el género humano; sí en Nacho y Remigio, a los que atribuía otra condición hasta entonces, por aplicarles la presunción de inocencia.

Gabi, por eso de ser más auténtico y honesto, es más libre que los que no viven de acuerdo con estos principios, o lo practican con una intensidad variable. Encuentra ridículo que personas maduras recurran a falsedades estúpidas en situaciones, además, irrelevantes. Fue lo que pensó esa noche. Pero Gabi no es de los que la guarden, quizá porque se centra en seguir su camino en positivo, sin hacer, no ya por mantener las relaciones que no merecen la pena, sino por acordarse de ellas. Aunque, como yo, que no soy tan benevolente, le suelo decir, esto tiene el inconveniente de que, si estas personas reaparecen, te la vuelven a hacer. Y así ha sido.

Nacho volvió a dar señales de vida la semana pasada, dos meses después de esta historia, con el mensaje enviado a Gabi, mientras éste trabajaba. Entre sorbo y sorbo de café, Gabi me contaba ayer que era consciente del motivo del mensaje; no era tanto su interés personal por verlo, como que hiciera quorum en un evento cultural menor que organiza todas las semanas en un bar, y que parece en declive últimamente; la motivación principal, más que el enriquecimiento del intelecto, es la coartada para conocer gente y, en el mejor de los casos, chicas a las que ligarse; totalmente respetable, sólo lo comento como una observación. Pero él quiso centrarse más en lo positivo que podría darle el par de horas que estuviera allí que en lo demás.

Llegó tarde, casi a la hora de máxima asistencia del evento, aunque no superaba las diez personas; ya he dicho que tenía poca asistencia. Allí estaba Nacho, me contaba Gabi con todo lujo de detalles, en su actitud pusilánime y comedida habitual, ligeramente encorvado, con un tubo de cerveza que se cambió de mano para secarse la humedad impregnada en el exterior del cristal en uno de los faldones de su camisa. Estaba rodeado de la gente de costumbre, aunque había una chica nueva a la que estaba regalándole el oído. Gabi se preguntó si acaso esa chica sería la que le ocupaba esa noche, de hacía un par de meses, cuando estaba supuestamente a solas con ella.

Cómo no, también estaba allí Remigio, colaborador necesario de Nacho en su evento. Gabi se topó con él cuando se distanció del grupo para pedirse una caña en la barra. Como es habitual en él, lo primero que le dijo Remigio, tras saludarlo, fue: “Precisamente pensaba estos días en llamarte, porque tenemos unas cervezas pendientes”; entre el pensamiento inducido por la chica con la que estaba Nacho, y esa frase tan manida como fingida de Remigio, Gabi se transportó enseguida a esa noche, dos meses atrás, en que ambos quisieron tomarle el pelo. Tampoco le alteró el recuerdo, pero apareció en su mente. Quizá fue el poso que aceleró su reacción posterior ante una falta de consideración a su inteligencia, otra vez, de este par de personajes; ya le he dicho que no se moleste en presentármelos. Aunque, cuando me lo contaba, me pareció tan flagrante que, en mi opinión, debió hacerse más desde la merma intelectual que conlleva la regencia temporal del comportamiento por el pene que otra cosa. Gabi, generoso, porque yo no lo habría hecho con los antecedentes sabidos, le tomó la palabra y sugirió a Remigio verse el fin de semana, por ejemplo el viernes. “No tengo pensado salir. Ya se verá”, contestó sin dilación Remigio, seguro de ello. Así quedó la cosa, en que ya se vería. Siguieron con la conversación.

Cinco minutos después entró una chica atractiva, alta y delgada, de rasgos centroeuropeos. Remigio no le quitaba ojo; desde ese instante, la conversación entre ellos quedó adulterada por la presencia de esta chica, que resultó conocer a una de las que estaban en el grupo de Nacho. Entonces seguramente Remigio habría querido tener la excusa del móvil para poder haberle dicho a Gabi algo como que la cobertura del móvil estaba fallando y colgar repentinamente tras un “Hablamos”, cortar la conversación, y centrarse en lo que siempre ha sido su prioridad. Tampoco le supuso mucho problema; lo solventó con una palmada en la espalda y un cierre de conversación absurdo que Gabi no recordó con precisión.

Un movimiento rápido, salvando a uno del grupo, para colocarse justo al lado de esta chica. Gabi observaba, desde detrás, cómo aplicaba las frases y gestos que le había visto en ocasiones anteriores. Si algo me ha dicho que siempre ha valorado en Remigio es su determinación y valentía en esas situaciones, por las chicas que se atrevía a abordar con sus atributos físicos menudos, que intenta suplir con una voz engolada y conversación instruida; dejaba de serlo al poco de conocerlo, porque se repetía mucho; supongo que como todos. La cuestión es que, si a la talla de Remigio se le añadía que se sentó en un taburete bajo, y que la extranjera estaba de pie, había como medio cuerpo de diferencia entre uno y otro; la combinación parece que era un poco desatinada.

Poco después, una vez agotados los temas típicos de inicio de conversación, había que introducir un elemento de enganche, y en eso Remigio es bueno; además, se coordina muy bien con Nacho. “Nacho, a esta chica la vamos a invitar a la fiesta este viernes”, dijo Remigio, con un tono lo suficientemente elevado como para que llegara al otro lado del grupo, donde estaba Nacho. El inconveniente para Remigio es que también llegó a la posición de Gabi, todavía más cerca que Nacho. Yo creo, volviendo a una reflexión anterior, que aquí la mente de Remigio ya había entrado en un trance de enajenación mental por inducción fálica; ésa es una buena disculpa para que Gabi no se lo tomara como un insulto a su inteligencia; lo habría sido, sin duda, de haberlo hecho sin inducción alguna; eso, o que Remigio es un desconsiderado sin escrúpulos al que le resulta totalmente indiferente lo que Gabi pudiera pensar. Recordemos que, cinco minutos antes, Remigio, ante la sugerencia de Gabi para quedar ese viernes, dijo que no tenía pensado salir, que ya vería. La realidad era que ya había un encuentro en grupo planificado. De nuevo, la mentira era lo que peor llevaba Gabi, más cuando era tan descarado. Pero Gabi, en realidad, nunca se ha sentido vinculado emocionalmente a esta gente; no había lazos de amistad. Por ello, la situación no le suponía mayor trauma, aparte de lo que él consideraba una falta de respeto a su inteligencia. Así que decidió, con tranquilidad, divertirse un poco antes de irse.

Primero se acercó a la chica extranjera, a la que no conocía, ni siquiera hizo por presentarse, y le dijo: “¿Quieres aprender una expresión graciosa en español?”. La chica se quedó algo parada, pero asintió con la cabeza. Gabi no estaba seguro de su nivel de español, aunque lo suponía suficiente como para conocer una de las acepciones coloquiales del pene. Aun así, prefirió asegurarse: “¿Sabes lo que es la polla, no? –la chica lo confirmó, estupefacta–. Vale, pues está la expresión: pensar con la polla.” Gabi, seguidamente, se la explicó brevemente; resultó tener buen dominio del español. Una vez que se había asegurado de su comprensión, se reubicó en el centro del grupo, y llamó la atención de todos: “Acabo de enseñar a esta chica lo que significa: pensar con la polla. Y ahora le pongo un ejemplo práctico.” La mayoría prestó atención sin más, como cuando alguien es sacado de una conversación para atender algo que ignora, pero a Remigio, que había presenciado, e incluso cogido algo de la conversación en privado entre Gabi y la chica, tenía cara de circunstancia. “Hace cinco minutos–prosiguió Gabi– he propuesto a Remigio tomarnos unas cervezas este viernes, pero me ha dicho que no tenía pensado salir, que ya vería. Cinco minutos después, te estaba invitando a una fiesta –dijo mirando a la chica–, sin duda ya programada por estos dos para este viernes. Lo de que no me inviten es algo que me da igual; que se me engañe, ya lo llevo peor. Pero, además, que te invite a la fiesta cinco minutos después de decirme que no sabía, y conmigo justo detrás, es tener muy poca vista…” Remigio parecía no encontrar la posición adecuada en el taburete; se cambiaba de postura con frecuencia. Hizo por levantarse, quizá para desaparecer y ahorrarse el bochorno merecido, pero Gabi presionó con su mano sobre su hombre con la fuerza justa para que entendiese que debía quedarse, y añadió: “Vamos, esto es un claro ejemplo de pensar con la polla, que es distinto a pensar con el culo–aclaró con sorna, mirando a la extranjera–. Pensar con el culo habría sido si, por ejemplo, en lugar de ser tú una chica guapa que, evidentemente, quiere ligarse, hubiera sido un chico, con el que no tendría segundas intenciones. Habría sigo una cagada, porque yo lo estaba presenciando justo al lado, y por eso lo de pensar con el culo. Pero en tu caso es pensar con la polla porque, aunque es igualmente una cagada, lo ha hecho más porque su pene le ha obnubilado la mente y no se ha dado cuenta. De ahí lo de pensar con la polla ¿Comprendes?”

Gabi acabó su intervención riéndose y satisfecho, con la sensación de haber ajustado una cuenta aplazada. Aunque su ego podría haber vivido sin haberlo hecho; no era una necesidad irrenunciable. El resto del grupo se quedó con el cante, pero volvió a sus conversaciones interrumpidas con diplomacia, sin realizar comentario alguno sobre lo sucedido. Remigio, junto a Gabi, intentó salir del paso con una dosis de cinismo. Musitó: “Es que la fiesta la organiza uno que no conoces, pero la carne es bien recibida, ya me entiendes…” Con ese comentario, Gabi comprobó que la necedad emocional de Remigio era aún peor de lo que suponía. Seguía sin valorar adecuadamente las aptitudes de los oídos de quien le escuchaba, así que optó por no contestarle, y acabarse la tapa que había dejado a medias. Una sensación familiar, de sentirse ajeno a todo aquello, le sobrevino. Pensó en marcharse, pero Remigio se adelantó; se había quedado en una mala posición ante su “carne” preciada tras mi breve lección sobre expresiones idiomáticas del español. Se despidió de todos, y, por supuesto, de Gabi, con naturalidad, como si nada hubiera sucedido, sin ningún atisbo de disculpa; ésta es una característica habitual en los que se mueven en la impostura de la noche. Nacho le siguió poco después; se marchó con su amiga.

Al final, Gabi se quedó a solas con la extranjera, quien no sabía muy bien cómo abordar la conversación con su espontáneo profesor de español; por instantes parecía querer acabarse los restos de su copa de vino de un sorbo y marcharse con alguna excusa precipitada. A Gabi le importaba poco, sin embargo. No había apreciado ningún indicio aún para pensar que la chica podía moverse en unos patrones distintos al resto, y su escepticismo ya es estructural. Pero la chica no se fue, y acabaron hablando de un interés común por visitar una zona de las afueras de la ciudad antes de volverse a su país. Gabi le preguntó, esperando el momento procedente, si es que no tenía pareja ni estaba con nadie aquí; le extrañaba que semejante pieza, por utilizar un término despersonalizado en la línea de los utilizados por Remigio, no estuviera con nadie. Pero ella se ratificó, e incluso le dio una aclaración no solicitada sobre por qué ella creía que no estaba con nadie. Gabi no estaba allí esa noche con ese propósito, ni, además, veía claro que fuese a salir nada con esa chica, ni siquiera una mañana de senderismo. Optó por coger su chaqueta y marcharse. La chica también lo hizo. Iban en la misma dirección, así que caminaron juntos un cuarto de hora antes de despedirse. La chica hablaba con insistencia de la ruta de senderismo, y de las ganas que tenía de hacerla, tanto que Gabi creyó por un segundo que podría ser cierto su propósito de quedar el fin de semana, pero sólo fue un segundo.

Antes de despedirse, la chica le preguntó cómo hacían para quedar; evidentemente, intercambiándose los números de teléfono, aunque Gabi se resistía a dedicar unos minutos a una pantomima inútil, pero la chica sacó su teléfono, así que Gabi tuvo que sacar el suyo. Pensó que lo mejor sería acabarlo rápido. Le pasó su móvil para que marcara su teléfono. La llamó para que le quedara registrado. Por hábito, Gabi lo memorizó, registrándolo con su nombre; por ser extranjero y poco común, no supo deletrearlo y pidió a la chica que lo escribiera por él. Ella, en cambio, no hizo por memorizar el suyo. Se lo preguntó. “Lo hago luego. Te llamas Remigio, ¿no?”, contestó ella. Esa respuesta fue suficiente para que Gabi acabar de catalogarla; “otra más de las habituales de la noche”, pensó. Se quedó unos segundos riéndose de sí mismo; ya estaba otra vez en medio de una situación absurda, aun cuando intentó evitarla. “No te he dicho mi nombre aún. Me llamo Gabi”, contestó; ni siquiera se molestó en aclarar de quién era el otro nombre. La chica, avergonzada, sacó su móvil para apuntarlo, pero cuando estaba a mitad de proceso, una llamada entró. Gabi estaba al lado, observando la acción, así que pudo ver con claridad un nombre masculino en la pantalla al saltar la llamada.

Ella se disculpó y la cogió. Era tarde y la calle estaba vacía. Gabi podía captar sin mayores problemas la mayoría de las cosas que decía la persona al otro lado de la línea; la extranjera respondía casi con monosílabos. Su amigo le hablaba con afectividad y confianza, la suficiente como para llamarla a la una de la mañana; su respuesta facial a sus palabras no dejaban duda de que podía haber algo entre ellos; el chico estaba en un pub cercano a donde se encontraban; Gabi tuvo la impresión que fue una llamada prevista, que la extranjera estaba esperando para continuar la noche. El chico se despidió diciendo que se veían en un rato; “Vale”, dijo la extranjera, y colgó. Gabi aguantó la escena, sin dejar a la chica conversando con algún gesto de despedida, más por educación que otra cosa. Entonces se despidieron. Cuando ya había unos pasos entre ellos, ella dijo: “Llámame para el senderismo.” Gabi se dio la vuelta y respondió: “Vale, o llámame tú.” “No, llámame tú”, respondió ella. “Vale. Nos llamamos”, dijo Gabi, y cada uno siguió sus pasos en sentido opuesto. Gabi estaba tan seguro de que ella no llamaría como de que no respondería si él la contactaba. Sin embargo, ser educado y consecuente con la palabra cuesta poco, aunque mucho de lo que surge espontáneamente en la noche, aun con decoro y buena fe, escenario particular donde buscar intenciones espurias por parte de la chica en el chico sería enrevesado, parece que se rige por otras normas, menos consideradas con el otro; no se discriminan situaciones; todas se filtra con el mismo tamiz. Días después la contactó a propósito de lo convenido. Ella no contestó, y con ello confirmó su vaticinio.

Gabi se acabó su café y concluyó que, aunque, ya con su edad, estas cosas no le sorprenden, no dejan de fastidiarle algo. “Voy a terminar por exiliarme de la noche”, me dijo. “Bienvenido al club”, respondí.



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