Indigentes

Cada ciudad tiene sus propios indigentes. Son conocidos por todos sus residentes. Se les identifica por su mirada perdida, por su suciedad manifiesta, por su desarraigo, por su apatía…

Paco Huelva. La literatura universal está llena de personajes que por causas diversas han llegado al puerto de la marginación. Pero, dentro de este término, los indigentes suponen el extremo más negativo en la valoración que puede aplicársele a un ser humano.

Los indigentes transitan a nuestro alrededor como ectoplasmas que no tuvieran cuerpo ni alma ni sentimientos. Cuando nos cruzamos con ellos, las más de las veces desviamos la mirada, casi ofendidos.

Representan el “detritus” de la sociedad consumista en que habitamos y todo porque tropezaron en algún peldaño de la escalera social que permite ser considerado como una “persona de bien”: tener trabajo, familia, cumplir los preceptos políticos, sociales, religiosos y el decoro exterior que nos identifica dentro de un grupo social determinado.

El indigente es un ser humano que ha sido excluido de la sociedad y, digamos las cosas claras, la culpa no es toda de ellos, no. Algún error habrá también en las medidas de carácter social que todo gobierno ha de adoptar para que estas cosas no ocurran.

Las administraciones, desde que se creó la ciudad-estado hasta ahora, y ya ha pasado tiempo, no han encontrado fórmula alguna para integrar a estas personas -ciudadanos de pleno derecho- en la sociedad.

Ni siquiera el Estado del Bienestar -que como sabemos se fue al garete por la introducción de políticas neoliberales- pudo eliminar el padecimiento que sufre este colectivo, más numeroso de lo que nuestros políticos reconocen públicamente.

La novela rusa de los siglos XIX y XX y la novela realista española están llenas de personajes que encarnan las vicisitudes de este segmento social.

Pero, lo que está ocurriendo ahora en España y en todos los países que componen la otrora vieja Europa y la emergente, en la última década, nada tiene que ver, por desgracia, con lo que aquellas ficciones contaban sobre las personas caídas en la indigencia. O quizás sí.

Porque lo que ahora acontece, es que, de un sablazo, de un golpe de mano -que curiosamente siempre lo protagonizan los mismos- están mandando al pairo de la vida a infinidad de familias que no pueden hacer frente a sus obligaciones por falta de un trabajo digno, por la destrucción de las pequeñas y medianas empresas, por la carestía de los medicamentos, por la subida de las tasas escolares, por… en definitiva, la instalación de estructuras de poder financieras, no democráticas, que deciden lo que ha de hacerse en cada país y en cada momento, sin que los gobiernos puedan dilucidar libremente sobre el devenir del pueblo que, supuestamente, administran.

Y esto es muy peligroso, demasiado. Cada ciudad tiene sus propios indigentes. Son conocidos por todos sus residentes. Están día a día en los mismos lugares soportando la canícula del verano y los rigores del invierno; se les identifica por su mirada perdida, por su suciedad manifiesta, por su desarraigo, por su apatía…

Saben que han sido excluidos del sistema y poco o nada pueden hacer para remediarlo. Pero, esto, es una barbaridad. Una aberración contra la dignidad de los seres humanos a la que hay que ponerle solución. Y no valen medias tintas ni “postureos” demagógicos.

Una sociedad que olvida a estas personas no puede ser calificada como justa, igualitaria y equitativa. Ni si me apuran, democrática.

Así que apliquémonos el cuento y exijamos a nuestros gobernantes un cambio de rumbo en las medidas a adoptar.

Dejémonos de rescatar bancos y rescatemos a las personas.



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