Jeb Bush inicia su carrera a la Casa Blanca

Francisco J. Martínez-López. Las elecciones presidenciales estadounidenses siempre son de mi interés, no ya por las implicaciones que uno u otro presidente pueda tener para EE.UU., cosa que me preocupa menos, sino por la repercusión de su política internacional. No es indiferente para el mundo quién ocupe el despacho oval en la Casa Blanca.

Celebré la victoria de Obama, como muchos no estadounidenses que ni siquiera vivían allí. Por un lado, era la primera vez que un afroamericano llegaba a la presidencia de EE.UU. La comunidad negra entró en América esclava, y tras muchos años, el empeño de presidentes emblemáticos como Lincoln, una parte buena de la sociedad, y una guerra civil, se abolió la esclavitud. Pero la segregación de la raza negra continuó en muchos lugares del país durante mucho tiempo. Con el movimiento por los derechos civiles durante los 60, liderado por afroamericanos históricos, como Malcom X o Martin Luther King Jr., y el apoyo de los presidentes Kennedy y Johnson, tuvo lugar el gran avance legislativo para erradicar la discriminación en EEUU; destacan las leyes de derechos civiles aprobadas en 1964 y 1968. Este movimiento concluyó con la igualdad del ciudadano sobre el papel, aunque EEUU es un país que no ha conseguido aún desterrar el estigma de la raza; todavía hoy se denuncian comportamientos racistas, y surgen movimientos de protesta puntuales.

En mi opinión, sin embargo, la raza no es el problema ya en EEUU, sino otros factores, como la pobreza, la clase social marginal, la falta de acceso a las mismas posibilidades de desarrollo, y el distanciamiento de la clase media; cuestión aparte es que en estos grupos haya un peso importante de individuos de raza afroamericana, y ello tienda a confundir las cosas, pero como también puede haber latinos. Aunque, por el trasfondo histórico que se arrastra, muchos puede que no lo vean de esa manera. Pero una prueba irrefutable de que la raza no es el problema es que un afroamericano ha llegado a la presidencia de los EE.UU.; y no es comparable al caso de Sudáfrica, por poner un ejemplo con ciertos paralelismos, donde un miembro de la raza oprimida, Mandela, llegó a la presidencia, pero con las heridas del Apartheid todavía cicatrizando, y mucho camino por recorrer. A diferencia de Sudáfrica, donde la llegada de Mandela fue simultánea con cambios estructurales sociopolíticos en el país, en EE.UU. la llegada de Obama ha sido puramente simbólica. La evolución definitiva en materia de derechos civiles ya transformó el país décadas atrás.

Pero ese símbolo nos alegró a muchos, incluidos al comité encargado de otorgar el Nobel de la Paz, que lo concedieron sin merecimiento –esto lo reconoció el propio Obama–, argumentando que era un Nobel concedido por lo que se esperaba de su presidencia. Fue un error, como se desprende del siguiente párrafo. Un galardón de esta categoría debe concederse por la constatación de méritos, como en su día se hizo con Martin Luther King Jr.; la ilusión que trajo Obama debió mucho a lo que forjaron esos negros históricos del movimiento estadounidense de los derechos civiles.

La realidad es que Obama no ha traído mucho más especial al país de lo que podría haber traído otro presidente con perfil demócrata, que yo prefiero infinitamente más que un republicano. Y ese es el segundo motivo por el que me alegré de su victoria: supuso la salida del partido republicano y de la Administración de George W. Bush, uno de los presidentes estadounidenses más nefastos y mediocres de las últimas décadas; no creo que cueste mucho encontrar opiniones de norteamericanos, politólogos e historiadores, que lo consideren como uno de los peores de la historia del país. Esto, pensábamos muchos, conllevaría una relajación de la llamada “Guerra al terror” (War on terror), campaña bélica internacional iniciada tras los ataques del 11-S, que comenzaron en Afganistán, pero que luego continuaron en Iraq. No fue así. Con Obama, muchas de las medidas tomadas para prevenir el terrorismo internacional, como el despliegue militar en algunos países de Oriente Medio, pero también otras que han supuesto restricciones en derechos civiles del pueblo estadounidense (Ej. la Ley Patriota o Patriot Act), no se han relajado. Al contrario, han seguido intensificándose. Muchos de los propósitos de enmienda de Obama durante su campaña en relación con estos temas se fueron diluyendo a medida que se adentró en su primera legislatura.

No obstante, en su defensa debo añadir que probablemente habría sido peor si, en lugar de ser reelegido, hubiera perdido frente al candidato republicano Mitt Romney. Si algo hemos aprendido de esta última década, aunque también podrían encontrarse otros casos en épocas anteriores, es que cuando EEUU necesita excusas para iniciar campañas bélicas, y dejamos al margen el tema de la legalidad internacional de esas campañas, se puede utilizar inteligencia errónea, como la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en Iraq. Pues algo parecido podría ocurrir con Irán, objetivo prioritario de EE.UU. en Oriente Medio, y al que en los últimos años parte del estamento político y militar estadounidense –por supuesto también una parte de Israel, aliado clave– le atribuye tener capacidad, o estar próximos a la plena capacidad para la fabricación de armamento nuclear. La suerte para el resto del mundo es que un demócrata en la presidencia estadounidense atempera mucho más los ánimos de estos grupos proclives a las campañas bélicas de lo que lo haría un republicano.

Ya lo insinuó otro presidente, Eisenhower, héroe de la Segunda Guerra Mundial, general de cinco estrellas, ideólogo del desembarco de Normandía, poco antes de marcharse: EE.UU. y su presidente pueden ser simples marionetas al son de los intereses del conglomerado industrial-militar creciente del país. No lo dijo con estas palabras, pero ésta es una de las consecuencias que podrían haberse derivado de su reflexión. Eran otros tiempos, sí, principios de la década de los 60, aunque la historia de los EE.UU. se entiende en una parte importante por sus campañas militares. Echo la vista atrás, y no recuerdo un presidente norteamericano de la historia reciente que no haya tenido campañas bélicas de envergadura. Por tanto, es de esperar que con el próximo presidente la tradición siga.

Como digo, un presidente demócrata me inquieta menos que uno republicano. No obstante, por diversas cuestiones, una de ellas la habitual alternancia política, pero también los estragos que los años de crisis han hecho en la intención de voto demócrata, es de esperar que un presidente republicano releve a Obama.

Hubo quien dijo que con los Kennedy se acababa lo más próximo que ha tenido EE.UU. a una aristocracia. Fue un juicio que no resistió el paso del tiempo. En la política estadounidense ha habido otras familias con poder considerable, sin duda mayor que el de los Kennedy. Una de ellas, quizá la más destacada, es la familia Bush. De todos, la mente aventajada fue la del padre y primer presidente de la saga, George H.W.; entre otros puestos, fue director de la CIA y vicepresidente del país, en la era Reagan. Luego vino el hijo mayor, George W. Bush, probablemente beneficiado por la red sociopolítica de poder que había desarrollado el padre, pues en sus múltiples intervenciones no ha demostrado tener una mente de estadista aventajado precisamente; los hábiles eran más sus colaboradores, entre los que destacaron su vicepresidente, Dick Cheney, y su secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, viejos conocidos del padre y del partido republicano. Su presidencia, dos legislaturas, pasará a la historia como la de la guerra al terror por los atentados del 11-S; por ello, el gasto en defensa estadounidense se disparó; en menos de una década, tras los atentados y hasta el 2010, casi se duplicó, alcanzando un pico del 5.7 del PIB en 2011; esto supone una magnitud considerable, dadas las últimas cifras del PIB estadounidense conocidas, próximas a los diecisiete billones de dólares.

Ahora, es posible que llegue un tercero, Jeb Bush, gobernador de Florida durante dos legislaturas, hasta el 2007. Algunos recordarán noticias críticas que salieron durante las elecciones en que ganó su hermano Bush, donde se decía que podía haberse producido fraude electoral con las máquinas electrónicas utilizadas para las votaciones, en concreto en el estado de Florida. Fueron elecciones que ganó Bush con un resultado muy ajustado, y donde la victoria en Florida fue clave; se batió contra los candidatos demócratas Gore y Kerry, en la primera y en la segunda respectivamente.

Esta Navidad, Jeb Bush ha anunciado la puesta en marcha de una comisión para estudiar si presentarse o no a la campaña presidencial de 2016. Como prueba de ello, ha tomado la decisión de dejar los puestos que ocupaba en consejos de empresas y organizaciones, por los que cobraba, para poder dedicarse sin trabas a ello; también querrá evitarse críticas, como las que tuvo Romney en su campaña, que lo acusen de conflicto de intereses y demás. Me ha llamado la atención, y esta noticia concreta la he leído en un artículo breve en el New York Times, que, tras una conversación mantenida con su hermano, donde se lo ha explicado, le ha bloqueado su teléfono y su email para cortar relaciones y que no puedan decir que lo está influenciando. Esto es, además, un gesto para mostrar públicamente su distanciamiento de su hermano, por la imagen negativa con la que acabó su mandato. A mí me hace gracia. Como he comentado, está claro que, si hay un “Don” en la familia, que ha demostrado predicamento en el partido republicano y en el país, es el padre. A él seguro que no le bloquea el teléfono.

Estimo, por tanto, que el escenario es muy proclive para que un tercer Bush llegue a la presidencia. Primero porque parece que el turno republicano no lo evita ni la mejor versión de Hilary Clinton, caso que sea finalmente, como parece, una de las candidatas posibles de los demócratas para relevar a Obama en la presidencia. Segundo porque Jeb Bush tiene algo, su clara simpatía y proximidad a los problemas de inmigración, que, aunque en la mayoría conservadora del partido republicano no se encaja muy bien, pues es más característica del demócrata, le puede dar mucha credibilidad en la comunidad latina estadounidense, grupo estratégico para conseguir la presidencia; además, Jeb Bush está casado con una mejicana que llegó al país como inmigrante, habla español, y su hijo tiene unos rasgos latinos. El principal obstáculo de Jeb Bush, por tanto, sería ganar las primarias en el partido republicano, aunque no creo que sea complicado, una vez que se ponga en marcha la red de poder que gravita en torno a la familia.

Pero a mí sólo hay una cosa que me preocupa realmente de la llegada de un republicano y, especialmente, un Bush a la presidencia: su política internacional y las acciones bélicas asociadas. No me da ninguna tranquilidad. Con el padre tuvo lugar la Guerra del Golfo, también conocida como operación “Tormenta del desierto”; con el hermano la guerra al terror, que ha durado más de una década, y todavía sigue abierta; a diferencia de la del padre, que por lo menos aseguró cobertura legal con una resolución de las Naciones Unidas, la del hijo no la tuvo, aunque se escudara en la semántica de una fuerza de coalición, respaldo de la OTAN y demás; esta falta de cobertura legal de la ONU, por cierto, también ha sido característica en varias de las operaciones militares de Obama en Oriente ¿Qué nueva campaña podría ser posible con otro Bush en la Casa Blanca? No tengo duda de que se daría más juego a la línea dura del Pentágono.

Lo último que le faltaría al mundo sería una Rusia con nostalgia soviética para incrementar la tensión internacional; por suerte, los ánimos se le han desinflado a Putin tras los precios recientes que está alcanzando el precio del barril de petróleo, en el límite del precio mínimo con el que Rusia cubre presupuesto. Y los precios del crudo han experimentado un bajón inesperado como consecuencia principal de las decisiones de producción tomadas por Arabia Saudí, país aliado de EE.UU., precisamente ahora.

Algunos de estos juegos políticos me recuerdan la reflexión escrita por George Orwell en su obra 1984: “El partido busca poder para su beneficio propio. No estamos interesados en el bien para otros; solamente nos interesa el poder, el poder puro […] El objeto del poder es el poder. Ahora comienzas a comprenderme”.



Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.