El hijo de Dioniso

Sentí cómo la naturaleza, siguiendo instrucciones del hijo de Júpiter y de Sémele, taponaba rauda las arterias por donde escaparía la savia a destiempo.

En la casa donde vivía de pequeña tenían una bodega para consumo propio.
Cultivo de vides.

Paco Huelva. En la oscuridad dormirá su tiempo hasta que sea despertado en alba incierta.

Mientras tanto, delira malhadado con la remota poda que le desvistió de su frondoso ramaje para dejarlo en esquelética cruceta. Cementerio de quijotescas aspas deformes son las viñas en esta época. Negras cosmogonías por las raíces atadas al meollo en donde habitan las esencias: la tierra.

Deformes sementeras ¡ay!, que darán o no cosecha.

Sentí cómo la naturaleza, siguiendo instrucciones del hijo de Júpiter y de Sémele, taponaba rauda las arterias por donde escaparía la savia a destiempo; ulcerosas llagas por las que palpita la vida a borbotones agridulces y efervescentes; fuentes de oro líquido aún por limpiar de asperezas que el tiempo ahormado de roble y la quietud y frescura de la bodega harán resucitar en el santo grial de la copa que lo contenga; manantial brotante año tras año… ritual monocorde hecho de la más honda y pura materia: esencia de Naturaleza.

Un día vino el agricultor e hizo su trabajo: injertó si fue necesario, limpió de yerbas el oscuro y arremolinado tronco, acumuló aquí y allá tierra; luego, gradeó con esmero cuidando de no rozar los brazos de la planta y, más tarde, con una mirada última, serena y orgullosa por el trabajo desempeñado, se fue sin más a esperar en silencio la llegada de la florescencia.

El hombre viene de vez en cuando, más que todo a mirar, a soñar conmigo mi sueño; y el sueño de ambos le reveló que ya encontré a Ariadna y que está decidido por quienes pueden hacerlo que la llevaré al Olimpo donde me batiré con mil gigantes; y que, después de yacer con ella, nacerá de su vientre una añada nueva, fuerte y poderosa, llena de colores nunca vistos, de aromas y de atributos que se pegarán al paladar como celestiales ambrosías dignas de las más exquisitas apetencias.

Barruntada la primavera, al calor de tiernos pámpanos de los que florecerán hojas nuevas, surgirán, como por ensalmo, los racimos que contienen en cada gajo el néctar que hará de mi lo que fui, lo que soy y lo que seguiré siendo mientras que haya vida en la Tierra, para constatar con el paladar lo que con tanto rigor y esmero se hizo para complacer a los que tienen conciencia de mi reino y de mi existencia.

No se preocupen los hombres del lagar cuando pisen mi materia.

Soy hijo de Dioniso, el de la luenga barba, el que está coronado con hojas de yedras y de vides y esa es mi fortaleza.

Revivo todos los años para acompañar al hombre en sus alegrías y en sus penas. Soy el vino, el vino que da la tierra.



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