Life’s celebration

Me ha emocionado ver una corta grabación de un indigente de la ciudad canadiense de Edmoton, RyanArcand, que ha tenido sus minutos de fama por una grabación que una vecina de la localidad le hizo tocando un piano arrumbado en la calle.

Francisco J. Martínez-López. Espero. Las musas no vienen; nunca se manifiestan ante un ego lastrado por el ancla del tiempo psicológico, en un pasado improductivo que aleja del presente; ven aquí, al ahora, le digo; no me hace caso; a ratos lo consigo. La noche comienza a oscurecer el cárdeno crepuscular y la ansiedad diurna se atenúa. Tengo varias ideas en la cabeza, pero ninguna termina de convencerme. El ritmo country vivo de “Tombstone blues” de Dylan me activa. Seguirán sonando sus canciones un buen rato; su disco MTV Unplugged (1995) suena de fondo. Escuchar al poeta de Minnesota, hijo adoptivo de Nueva York desde su adolescencia tardía, siempre ayuda. Su lírica me gusta más que la de Dylan Thomas, a quien debe su apellido artístico; probablemente le sonrojaría escucharlo, aunque no creo que en su fuero interno le costara ceder al cumplido.

Se acaba de publicar un libro: Never Can Say Goodbye: Writers on Their Unshakable Love for New York. Recopila breves historias de escritores y artistas estadounidenses de renombre diverso; cuentan cómo se enamoraron de NYC, y por qué la han considerado como su hogar desde entonces, aunque la abandonaran tiempo después para vivir en otro sitio. De una u otra manera, aunque sea en espíritu, siempre se está vinculado a la ciudad una vez que se ha vivido allí. Es un pensamiento que se repite. A una persona a quien podría preguntarse sobre esto, por cierto, sería al propio Dylan. A finales de los 60 se buscó un refugio en una localidad al norte del estado, no muy lejos de la ciudad, para librarse de muchos de los inconvenientes de la fama en NYC. Durante mucho tiempo fue su hogar. Debió parecerle irónico, sin embargo, al poco de huir de la Gran Manzana, que decidieran celebrar en 1969 el encuentro hippie más legendario de la historia justo en el lugar elegido para perderse: Woodstock. Allí sigue todavía, creo, cuando no está ausente por trabajo, en su granja. En cierta ocasión le escuché en una entrevista que de vez en cuando pasan turistas rurales y fans por allí, para ver si está y saludarlo. A veces coinciden; parece que con los años ha ido aceptando con menor desagrado estas intromisiones. El periodista le preguntó de qué solían hablar, y él dijo que de temas diversos, como la agricultura ecológica; el entrevistador no daba crédito.

Que alguien como Dylan decidiera salir de la ciudad hace décadas y trasladar su residencia a una zona rural nos dice algo de las diversas respuestas que puede tener un neoyorquino, nativo o de adopción, a seguir viviendo en la propia ciudad a medida que pasa el tiempo. ¿Vivir en NYC…? No es todo color de rosa; hay poco rosa, de hecho. He pensado que podría ser interesante, por tanto, escribir sobre esto esta semana; tengo experiencias propias y ajenas de sobra como para ello. Pero me he enfriado al poco. Primero porque yo soy de la categoría, que también existe, de los que se desenamoran de NYC; no me motiva, por ello, escribir sobre sus bondades cuando conozco bien sus aristas; sobrevivir a sus caras angulosas, por cierto, es algo que paradójicamente puede ser lo que marca una impronta que acompañe y siempre vincule a la ciudad, aunque haya cosas que se detesten de ella. Y, segundo, ya conté algo de esto en una columna anterior. Quizá, en el futuro, si surge algún tema que lo haga pertinente, o simplemente porque me mueva la dulce transitoriedad de la nostalgia, dedique una nueva columna a contar, como estos artistas que acaban de publicar este libro, qué es lo que me atrapó de la ciudad. Hay elementos comunes, no obstante, entre todos los que han tenido que bregarse en NYC. Destaco dos: la vida de la persona nunca se suele mostrar indiferente a su paso; y, sí, de alguna manera, uno suele seguir viviendo allí, aunque sólo sea en espíritu; la ciudad siempre te acompaña porque existe una gran transformación personal debida a ella. Eso es lo que alimenta el anhelo de permanencia al que se queda, supongo, y de vuelta al que se va. Seguir aprendiendo; seguir creciendo y superándose. Esa ciudad es una de las grandes universidades urbanas de este mundo, sobre todo si no se dispone de mucho dinero; es en este escenario cuando su letra entra con sangre en no pocas ocasiones.

Otro tema que me ronda está relacionado con el Día de Todos los Santos, con la muerte, pero, sobre todo, con la vida. Aunque, pensándolo mejor, he tardado poco en ver qué pretencioso por mi parte querer abordar este tema en una columna. Además, no quiero cansar a mi distinguido lector con disquisiciones existenciales que, debo confesar, me agrían a veces incluso a mí. En todo caso, permítaseme acabar con una máxima que bien podría ser la conclusión constructiva de todos los tratados unificados de los existenciales franceses. Utilizo para ello, por materializar con placidez su esencia, las palabras de pésame que Allen Ginsberg, poeta de la generación beat, dijo a Patti Smith tras la muerte de su marido: “Let go of the spirits of the departed and continue with your life’s celebration”. Algo así como: libera las almas de los difuntos y continúa con la festividad de tu vida. Por cierto, que no he podido evitar acordarme del día en que Ginsberg fue con Dylan a visitar la tumba de su amigo Jack Kerouac. Después de estar un rato hablando –más Allen que Bob, que escuchaba–, Ginsberg preguntó al joven Dylan: “¿Así que esto es lo que te va a pasar a ti?”, supongo que anticipando peregrinajes futuros similares de sus fans, y Dylan respondió: “No, yo quiero estar en una tumba sin nombre”.

Como los temas anteriores no me daban para mucho, he confiado que el tercero que tenía en mente sí lo haría. Y sobre eso me he propuesto escribir la columna. Pero veo que tras las divagaciones anteriores he ocupado ya un espacio precioso, y me estoy acercando al límite de palabras recomendado. Cuando estoy metido en la historia, ni me doy cuenta de ello. Es algo que sucede al contrario; los dedos percuten las teclas sin cesar ni consciencia exterior, y sólo cuando acabo me percato de la extensión del artículo. Pero hoy no es uno de esos días, no. Dudo entre borrar lo anterior y empezar la nueva historia o dejarlo y sólo esbozar la última… Lo cierto es que una frase como la de Ginsberg, revelación de lo primario, merece vivir, siempre. Sí, voy a dejarlo.

Brevemente, ¿recuerdan la frase famosa de Andy Warhol? –sí, otro que salió del mismo sitio que Kerouac, Gingsberg, los Dylan y Smith. Será que tengo querencia; ya les he dicho que el espíritu de uno no deja de habitar allí– ¿Esa en que decía algo así como que en el futuro todo el mundo tendría sus 15 minutos de gloria? Implícito a la reflexión estaba el hecho de la más que previsible proliferación de los medios de comunicación. No creo que la mente creativa de Warhol visualizara el Internet que conocemos ahora y, en concreto, YouTube; intuyo que habría sido una de sus aplicaciones favoritas, por el potencial para difundir material audiovisual. Me ha emocionado ver una corta grabación de un indigente de la ciudad canadiense de Edmoton, RyanArcand, que ha tenido sus minutos de fama por una grabación que una vecina de la localidad le hizo tocando un piano arrumbado en la calle. La pieza, de creación propia, llegó tanto a la transeúnte que decidió grabarlo, mientras tocaba. Poco después subió el vídeo a YouTube y tuvo casi un millón de descargas sólo el primer día.

Esto hizo que la cadena de noticias CBC se interesara por el vagabundo y su pasado. Tras una búsqueda de varios días, lo encontraron sentado en las escaleras de una iglesia, bebiendo cerveza; ya llevaba varias latas, y continuó durante la conversación con los periodistas. Su historia era triste, la de un niño que creció al auspicio de servicios sociales y casas de acogida; empezó a tocar el piano en una de ellas. La mayoría de su tiempo, varias décadas, lo ha pasado en la indigencia, con problemas de adicción diversos. Su apariencia invita al rechazo, al distanciamiento espacial; sucio, desdentado, con movimientos torpes, como si hubiera sufrido traumatismos vitales que le hubieran dejado secuelas perennes.

Con dedos artríticos, envuelto en el uniforme que portan los que tienen las calles por casa –plumón grande y mugriento de colores chillones, pantalón vaquero con jirones y botas, otrora de otro, sin cordones–, se aproximó con sorpresa infante, inocente, al piano de cola de una pequeña iglesia donde los periodistas le llevaron; hablaron con el párroco para que le dejara tocar y que le filmaran.Ryan murmuraba palabras emocionadas. Tocar el piano es su inductor de espejismos celestes. Cuando aún se aferraba al eco de las últimas notas de la melodía, antes de que su desoladora realidad le invadiera de nuevo y volviese al anestésico del alcohol, dijo: “Quiero a la gente. A veces no sé si la gente me quiere a mí, pero no importa. I love people”. Y yo me digo, y te digo, lector: eres más afortunado de lo que piensas, continúa con la festividad de tu vida, y recuerda compartir, de vez en cuando, algo de lo tuyo con el necesitado.

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