‘Dos días, una noche’, a medio camino entre la historia previsible y la obra maestra

La película de los hermanos Dardenne es un trabajo muy elaborado a la vez que minimalista, con una dirección simple y con una Marion Cotillard que, como de costumbre, cumple bastante.

Una escena de 'Dos días, una noche'.
Una escena de ‘Dos días, una noche’.

Carlos Fernández / @karlos686. Alguien sabio dijo que si no tienes nada interesante que decir, mejor no digas nada y no es que Dos días, una noche diga algo aburrido o poco interesante, sencillamente dice y ofrece cosas o temáticas ya vistas y oídas hasta la saciedad en los últimos años. Cine social y del bueno, puede que sí por un lado. Monótona y algo cansina, también es posible… Lo cierto es que los ganadores de una Palma de Oro, por El niño, o que dirigieron la fantástica El niño de la bicicleta, los hermanos Dardenne, están demasiado acostumbrados a que todos los críticos en Cannes los mimen y sinceramente esta película me parece una manipulación autoral por parte de sus más que listos realizadores.

Se trata de una obra muy elaborada a la vez que minimalista, con una dirección muy simple y con una Marion Cotillard que, como de costumbre, cumple bastante, aunque solo sea cumplir.

Dirigida casi por inercia, Dos días y una noche peca de resultar poco atractiva a los ojos y a los oídos, no puedo dejar de pensar que esta película, como resultado, es una primera o segunda versión de guion que con varias versiones más habría salido redonda y es que los Dardenne no demuestran su talento como han hecho otras veces, parece una película hecha por y para el peloteo de los festivales más prestigiosos que sin duda la amarán.

A pesar de todo, Dos días y una noche no resulta aburrida en exceso, uno de sus problemas reside en que el planteamiento de su guión es demasiado simple para una historia social o para unos cineastas de los que se espera tanto. No entiendo el motivo por el que se aclama tanto esta película, ya que es una historia previsible, que cuenta emoción pero no la transmite, superficial disfrazada de profunda y, a decir verdad, esa especie de homenaje a ¡Qué bello es vivir! ha sonado bastante vacío por no decir que casi no ha sonado. Sin duda con una pizca más de sal habría sido una obra maestra en vez de una peli que no llega a ser mala pero tampoco llega a buena, alcanza únicamente el puesto que va entre las cuatro y las seis de la tarde en la televisión pública para sustituir a la Julia Roberts de Erin Brokovich por Marion Cotillard.

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