Jaylen

Su problema y el de los asesinados y heridos en Marysville fue vivir en un lugar del mundo que pone armas al alcance de la población con demasiada facilidad.

EEUU, un país en el que es muy fácil conseguir un arma.
EEUU, un país en el que es muy fácil conseguir un arma.

Francisco J. Martínez-López. Fatal casualidad. Hace unos días, justo antes del atentado de Marysville (Washington), quedé estupefacto leyendo un artículo en Businessweek; hay cosas que sólo se entienden en América (por EEUU), pensé. Se dedicaban varias páginas a informar sobre un nuevo producto que salía al mercado para proteger a profesores y alumnos en las escuelas frente a posibles locos que pudieran presentarse pegando tiros. Se trata de un escudo defensivo en forma rectangular de un material ligero y avanzado, de unos 40×60 cm., que permite repeler impactos de bala de hasta armas semiautomáticas a casi una distancia de quemarropa. Ha sido desarrollado por la empresa Hardwire, proveedor habitual de material de blindaje para el ejército norteamericano en los últimos años. Su precio ronda los 400 dólares. Pero hay productos similares bastante más baratos, aunque más simples y sólo en blanco, fabricados por otra marca; la novedad del de Hardwire es su alta efectividad para proteger de impactos de bala de distintos calibres. Pueden encontrarse en Staples, establecimiento de productos de oficina con presencia en gran parte del país, para quien no lo sepa. ¿Que necesitas un boli, un cuaderno, folios, fotocopias, una agenda, post-it, etc.? Staples es el sitio. Lo que no sabía es que también comercializaban tableros antibalas. Como que en apariencia se sale de la coherencia de productos de su surtido. Claro, que a poco que se piensa en el lugar de su aplicación, los colegios, se entiende.

“¡Niño! –pregunta la madre al hijo por la mañana, antes de salir de casa por la mañana– ¿Has metido todos los libros en la mochila? ¡Ah, y que no se te olvide el tablero antibalas!”; ésta podría ser una escena habitual en los hogares de América en el futuro. En este artículo que comento se adjuntaba una foto de un grupo amplio de colegiales y un profesor posando con sus mejores sonrisas y sus tableros de distinto color –qué buena idea comercial, ¡como los teclados intercambiables del Surface de Microsoft!– en las manos. Parecen tan felices…quién diría que se trata de escudos antibalas. Disculpen si parezco frívolo; no lo pretendo. Todo esto me parece tan surrealista… Qué absurdo el camino seguido por las soluciones. No se trata el problema como es debido. Al contrario, el Gobierno se gasta una pasta para la preparación de planes de emergencia en los centros del país, o las empresas desarrollan productos por si el ciudadano se topa con el problema; como este tablero que comento, o incluso ropa interior a prueba de balas… Sí, no es coña. Lo irónico sería que detrás de estos productos estuvieran también los capitales de quienes se lucran con la venta de armas; no me extrañaría con el tiempo.

¿Cuál es el problema, entonces? ¿Los locos? Eso es lo que me insinuó un americano hace tiempo, en una conversación a colación de este tema; que el sistema debería ofrecer soluciones de salud mental públicas y accesibles; eso permitiría tratar muchos trastornos a tiempo: al menos se evitaría que muchos de los que deciden coger un arma, irse a un sitio público, cargarse a varios y luego suicidarse, lo hicieran, me dijo. No voy a ser yo el que niegue los beneficios de una adecuada salud mental para un país, y en concreto para EEUU; en alguna columna anterior creo recordar que he comentado que no he visto nunca a tantas personas con psicopatías evidentes por la calle como en NYC; nunca me he topado con un esquizofrénico en una cafetería en España. Pero seamos rigurosos. Es imposible que la persona con el trastorno mental más grave para la vida de otras personas tirotee a unos chavales en un colegio si no es con un arma. Las que escupen las balas son las pistolas, revólveres, rifles, semiautomáticas y demás armas fácilmente accesibles en las armerías de muchos estados norteamericanos.

El pueblo estadounidense demuestra un atraso sociocultural respecto a otros muchos del mundo, como los europeos, donde las posibilidades para adquirir armas y su uso son limitadísimas; en la Segunda Enmienda de su Constitución se garantiza el derecho del ciudadano a tener y llevar armas, derecho que el Tribunal Supremo estadounidense, en su interpretación actual, ha limitado al hogar y para la autoprotección; en otras palabras, que si un americano le pega un tiro a un intruso en su casa con un arma legalmente adquirida, no hay problema. Éste es el verdadero problema, no el de cómo tenga la cabeza el que utilice el arma; aunque ciertamente lo segundo tampoco ayuda. Es indudable, sin embargo, que el movimiento social y político para revertir este problema es cada vez mayor. Pero la resistencia cultural de muchos ciudadanos que consideran que tener armas es un derecho y los intereses económicos relacionados con la venta de armas ejercen un contrapeso importante; destaca la célebre Asociación Americana del Rifle (National Rifle Association, NRA).

El equivalente a la NRA en el movimiento nacional para prevenir la violencia civil con armas es la Campaña Brady. Debe su nombre a Jim Brady, secretario de prensa del presidente Reagan, cuando en 1981 fue herido en el célebre atentado fallido contra su vida. Desde entonces se convirtió en un activista para regular el control de armas en EEUU. Un vistazo a la website de este grupo (www.bradycampaign.org) ofrece unos datos medios anuales demoledores de víctimas (en asaltos, homicidios, suicidios, tentativas de suicidios, accidentes con armas, o intervenciones policiales); casi 110.000 personas reciben impactos de bala, de los que más de 32.000 mueren; unos 18.000 niños o adolescentes son heridos por bala, casi 3.000 mueren.

Este número de bajas empequeñece el actual número de muertes por ébola en África en lo que va de año, según la OMS en unos 5.000. Por cierto, que ya es hora de que la industria farmacéutica demuestre más compromiso con la humanidad –y que los gobiernos e instituciones contribuyan a ello–, aumentando los recursos destinados a desarrollar y distribuir fármacos para enfermedades endémicas en África como ésta, aunque los ingresos previstos sean poco atractivos por no ser una enfermedad del “primer mundo”. No tengo duda de que la llegada del virus a NYC, por el simbolismo de esta ciudad dentro de EEUU y del mundo desarrollado, servirá para ello.

A la población le llega por los medios los trágicos sucesos de perturbados que atentan en colegios estadounidenses (ej.: Columbine, Colorado, en el 1999; Virginia en 2007; o Connecticut en 2012), o masacres en lugares públicos como la de Aurora (Colorado) en 2012. Pero, aún cuando cada vida cuenta y no quiero tratarlas sólo como números, las vidas perdidas en estos atentados son sólo una mínima parte del total de muertes que se cobran las armas cada año en EEUU. Si evolucionar a modelos similares a los que tenemos en Europa es demasiado radical para un país cuya historia no se entiende sin la presencia permanente de las armas de fuego y una cultura de violencia subyacente, escenarios intermedios, pero que intenten solucionar algo, han demostrado ser efectivos. Según informe reciente de Brady Campaign, siete de los diez estados estadounidenses que han optado por regulaciones más estrictas del control de armas (California, Connecticut, New Jersey, New York, Massachusetts, Hawaii, y Rodhe Island) se encuentran entre los diez con menor número de muertes por herida de bala; piensen, no obstante, que el fácil desplazamiento a estados colindantes sin estas restricciones facilita la adquisición de las armas; por ello, son las medidas de ámbito nacional las más convenientes. Cotejando el mapa de estados según su nivel de regulación de armas, se comprueba que los tiroteos en colegios, como el de hace unos días en Marysville (Washington), se ha producido en estados con una regulación laxa de la adquisición y posesión de armas de fuego; en Connecticut, paradójicamente uno de los centros históricos de producción de armas del país, se endureció la legislación tras la masacre de Sandy Hook en 2012.

Sucedió en Marysville. Un chico lo hizo. Podría haber sido un adolescente cualquiera, de los muchos que simplemente no son capaces de comprenderse, de gestionar su mundo inmediato, su familia, sus amigos; que no son aceptados o no se quieren. ¡Qué sé yo!; la adolescencia es tan convulsa… Su problema y el de los asesinados y heridos fue vivir en un lugar del mundo que pone armas al alcance de la población con demasiada facilidad. Tan fácil como para hacer lo que hizo Jaylen, así es como se llamaba el chico. Cogió la pistola de su padre y se fue al colegio con ella. Disparó a varios estudiantes, entre ellos dos primos suyos, según la CNN. Poco después, se suicidó.

Sucedió en Marysville, al norte de Seattle, la cuna del grunge. De ahí salió Pearl Jam. Uno de sus canciones más reconocidas, “Jeremy”, de su disco ‘Ten’ (1991), se inspiró en otro adolescente que en 1991 sacó una pistola en su clase y se suicidó frente a todos; “Jeremy spoke in class today”, decía el estribillo; afortunadamente para el resto, Jeremy no quiso morir matando. Aunque para la cuestión de fondo no hay mucha diferencia entre Jeremy y Jaylen; Jaylen también ha hablado en clase, con el mismo lenguaje, el de las malditas armas. EEUU es el país con mayor número de armas para uso privado, no militar, del mundo; casi una per cápita (Wikipedia). ¿Cuándo aprenderá el pueblo americano? ¿Cuántas vidas tendrán que cobrarse las armas para que evolucione y tome medidas que lleven al cambio definitivo?

Deje un comentario

Su dirección de correo no será publicada.