‘Perdida’, una ración de suspense inteligente para el espectador

David Fincher y Gillian Flynn han conseguido una cinta con giros de guión realmente deliciosos donde los celos, la manipulación y la guerra de sexos son los ingredientes de una gran historia.

Una escena de 'Perdida'.
Una escena de ‘Perdida’.

Carlos Fernández / @karlos686. Al final de Les diaboliques (1955) aparece un anuncio al espectador que acaba de ver el final: “No sean diabólicos y no digan a nadie el final de esta película”. Perdida podría ser una de esas películas donde ese anuncio al espectador sería justo y merecido.

Esta película es el último trabajo de David Fincher que es un director que convierte en oro cada guión que dirige y si ya le sumamos a esto el prodigioso guión de Gillian Flynn (basado en su propia novela) obtenemos una joya inolvidable, impredecible, juguetona y controvertida.

Fincher, director de El club de la lucha, El curioso caso de Benjamin Button o La red social, es un director que se hace esperar con cada estreno y, aunque no es siempre sobresaliente, en Perdida es de lo más notable. La dirección juega y manipula tanto al público que uno no puede evitar descubrir que, al igual que en Psicosis (1960), el espectador presencia una vuelta de tortilla totalmente inesperada que da lugar a unos giros de guión realmente deliciosos. Perdida no sólo engancha, te atrae y te atrapa como una polilla que ve en la pantalla de cine una resplandeciente luz que necesita seguir contemplando, aunque te vaya la vida en ello y eso es en definitiva un muy bien suspense.

Lo más divertido no es comerse el dulce, es abrirlo poco a poco, saber que vas a degustarlo. Ahora imaginaos que tardáis 145 minutos en abrir el delicioso envoltorio, hay impaciencia sí, pero es una deliciosa impaciencia por conocer el sabor, el verdadero resultado, Perdida no sería la misma si el lazo que la envuelve fuera fácil de abrir o no hubiera sido tan bien amarrado. El ir por delante del espectador en todo momento, el resultar impredecible, hacer sentir inteligente al espectador y darle lo que quiere sin saber qué quiere es un arte complicado que Pérdida convierte en un juego de niños.

La descomposición de un matrimonio, el artificio que supone de cara a los demás y los oscuros secretos que puede esconder son los tres campos esenciales donde Fincher juega a los celos, la manipulación, la guerra de sexos, la guerra del amor e incluso la más estricta violencia, todo a cuento, imprevisible y mimando al espectador al máximo, tratándole como el rey de la sala, cosa que muchos directores no deberían olvidar. La música de Trent Reznor y Atticus Ross de cabeza para los Oscar, una música tan inteligente como la película que la rodea, y es que al pensarlo, inteligencia es la palabra que más define esta película y es que lo único que obtienes de Pérdida son dos maravillosas e inolvidables horas y media de tu tiempo.

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