Ciclistas asesinos

Francisco J. Martínez-López. En España se lleva tiempo reivindicando reformas de circulación vial para mejorar la seguridad del ciclista en la carretera y, de esta forma, protegerlo mejor de los vehículos. El ciclista asiduo seguro que tiene diversas anécdotas sobre adelantamientos irregulares, accidentes que estuvieron a punto de producirse por conductores negligentes, o incluso reprimendas de conductores que recriminan al ciclista, utilizando el claxon o soltando algún improperio, una circulación incorrecta, cuando la realidad es la contraria; por ejemplo, el código de circulación se ha reformado para permitir que una pareja de ciclistas vayan en paralelo, o que un grupo de ciclistas lo hagan en pelotón por la carretera. Las asociaciones ciclistas y los gobiernos han trabajado en los últimos años para reducir la siniestralidad, mediante cambios legislativos y campañas de concienciación social.

Otra cuestión aparte es quién protege al peatón del ciclista, porque algunos ciclistas hay que se han ganado el apelativo de “ciclistas asesinos”… El lector puede encontrarse desconcertado con esto, pero no si es ciudadano de Nueva York, por ejemplo; hay una película estadounidense, Sin frenos (Premium rush, 2012), que muestra el tipo de ciclistas desenfrenados que pueden encontrarse en la ciudad.

Jill Tarlov, residente en una localidad próxima del estado colindante de Connecticut, madre de dos hijos y esposa de un vicepresidente del poderoso medio de comunicación CBS, se encontraba cruzando el sur de Central Park a la altura de la calle 63rd. Apenas si se había separado de la acera y pisó un paso de peatones para cruzar una de las múltiples carreteras, de tráfico reducido, que atraviesan el parque, casi más frecuentadas por corredores y ciclistas, que utilizan carriles habilitados para ello con pintura sobre el asfalto, que por vehículos, cuando fue arrollada por uno de estos típicos ciclistas que van por la ciudad como si tuviera que quitarse todo el mundo a su paso, vehículos incluidos; no digamos viandantes. Jill cayó e impactó con su cabeza en el suelo; ha sufrió un traumatismo craneoencefálico que, poco después, en el hospital Presbyterian/Weill Cornell, causó muerte cerebral. Su vida se encuentra mantenida artificialmente a la espera del milagro. Éste es el último caso de varios fatales que se han producido ya.

El ciclista, Jason Marshall, saxofonista residente en Harlem, tiene una gran afición al ciclismo. Con una bicicleta de alta gama, adaptada con manillar de triatleta, es corredor asiduo de Central Park, donde puede tener hasta dos sesiones de entrenamiento al día. Le gusta la velocidad y puede ir rápido. Existe información precisa de esto, así como de su pasión por la bicicleta, porque ha publicado con regularidad sus recorridos, marcas y velocidades, gracias a un medidor con GPS que lleva en su bicicleta, en una página web especializada; ha recorrido unos 15.000 kilómetros en lo que va de año. Ahora, tendrá un proceso judicial donde se podrá enfrentar a penas desde agresión hasta homicidio negligente. Testigos señalan que Jason gritó varias veces antes del atropello con exigencia: “Quítate de enmedio!” No se tiene claro aún si el semáforo estaba en rojo o no en el momento del accidente, pero parece que el ciclista tuvo tiempo de reacción y, lejos de aminorar su marcha, siguió al mismo ritmo.

No me extraña nada esto, lo de los incidentes en los que están implicados ciclistas agresivos, terminen en accidente o no; usualmente, todo queda en la anécdota. Yo mismo los he sufrido, y también los he presenciado. La última, cruzando en la esquina de la Quinta con Broadway. Un par de ciclistas se aproximaban rápido y prefirieron aprovechar la inercia de bajada en lugar de pararse como indicaba su semáforo, puesto rojo en ese instante que los peatones comenzamos a cruzar. Uno de los ciclistas se ofendió porque una chica que cruzaba le llamó la atención tras tener que esquivarlo. El ciclista paró desafiante y la insultó varias veces: “Fuck you!”, le dijo; la chica fue más sensata y continuó su marcha moviendo su cabeza, no dando crédito, como el resto, a la injusta agresión verbal.

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