Un trabajo aborda por primera vez la técnica del esgrafiado en el Renacimiento español

Rafael Ruiz Alonso es el autor de esta investigación que dentro de pocos días se dará a conocer a través de las páginas de la revista 'Goya'.

Esgrafiado del Monasterio de Carrizo (León).
Esgrafiado del monasterio de Carrizo (León).

Redacción. El historiador segoviano Rafael Ruiz Alonso publicará a finales de este mes de septiembre en la revista Goya, que editada la Fundación Lázaro Galdiano, un artículo titulado ‘Aspectos del esgrafiado en el Renacimiento Español’, en el que se aborda por vez primera la aplicación de una variante técnica del esgrafiado a la arquitectura española del siglo XVI, que llegó también a adornar los muros segovianos: el esgrafiado con acabado en cal.

Las características más acusadas de este esgrafiado son el empleo de dos capas de diferentes colores (siendo su combinación más usual la que integra el gris y el blanco), el poco relieve de su decoración y la aplicación de unos patrones ornamentales figurativos, más ambiciosos en detalles que el abstracto repertorio geométrico del esgrafiado mudéjar.

Nacida en Italia en los albores del Cinquecento, esta técnica se expandió rápidamente por buena parte del continente europeo, cuajando especialmente en Suiza, Alemania, Austria, República Checa, Polonia, etc., encontrando también acogida en zonas muy determinadas del oeste peninsular: dos núcleos de la provincia de León, el área segoviana, Extremadura y Andalucía occidental, a las que hay que sumar una parte muy importante de Portugal. Cada uno de estos territorios iría aplicando a su arquitectura este procedimiento decorativo, plasmando con él elementos formales del léxico renacentista; sin embargo, parte de la ornamentación se desarrolló con pautas propias, de manera que casi puede hablarse de escuelas regionales.

El monasterio de Santa María de Carrizo (Carrizo de la Ribera) y el convento de Nuestra Señora de la Concepción (Villafranca del Bierzo), caracterizan al núcleo leonés por la aplicación de unos repertorios iconográficos altamente simbólicos, donde caben las edificantes fábulas de Esopo y otros cuentos muy populares que tienen como protagonista al zorro Renart. Igualmente se encuentran numerosos seres fantásticos que previenen al espectador contra los peligros de la imaginación desbordada. No menos importante es la representación de una vanitas en el convento berciano, tema que cuestiona la importancia que concede el hombre a los asuntos terrenales, siempre breves y transitorios.

Extremadura fue la región donde más proliferó el esgrafiado en esta etapa, pudiendo encontrarse sus evidencias en fachadas, patios, chimeneas, murallas e interiores de templos, palacios, castillos, dependencias monásticas, etc. Abunda en estas manifestaciones la heráldica, los elementos arquitectónicos, la representación de personajes de la antigüedad, los diseños vegetales más diversos e incluso se llegan a plasmar escenas narrativas y calvarios, siendo una de sus realizaciones más ambiciosas la sacristía de la iglesia de Santo Domingo en Trujillo. Singularidad destacada es la aparición de temas que tienen que ver con el Nuevo Mundo –lógico en una tierra de grandes descubridores-, tales como diferentes aves, elementos botánicos e indígenas americanos tocados con penachos de plumas, que aparecen representados en el castillo de Belvís de Monroy, Palacio de la Conquista en Trujillo, iglesia de Toril, etc.

Galería al jardín del Torreón de Lozoya.
Galería al jardín del Torreón de Lozoya.

En Andalucía destaca por la primacía concedida a la decoración epigráfica el interior de la iglesia de San Francisco en Ayamonte (Huelva), repleto de inscripciones latinas extraídas del Libro de Job, Números, Salmos, Eclesiastés y Proverbios, configurando una original arquitectura “narrativa”.

Dentro de este panorama, Segovia se manifiesta con una personalidad propia al permitir observar cómo las nuevas modas se fueron aclimatando a los gustos de una ciudad acostumbrada al efecto del esgrafiado mudéjar, dando lugar a curiosos híbridos como la galería que se abre en el Palacio Ayala Berganza, donde comparten espacio la tradición y la vanguardia. También debe obedecer a la pujanza de los gustos medievales segovianos el uso de elementos tapizantes, configurados ahora con el esgrafiado de raíz italiana, aplicados a zaguanes y patios de numerosos edificios, algunos ya desaparecidos (Casas de Mexía Tovar, del Conde de Bornos, de los Cascales, de “las Monas”, de Quintanar, etc.).

Hacia la mitad del siglo, la tendencia europea se impone –sin renunciar por ello a todas estas particularidades- ofreciendo manifestaciones tan importantes como la sacristía de la parroquial de Torreiglesias, el patio del Palacio del Marqués del Arco, el Arco de la Canonjía, el interior ruinoso de la iglesia de Santa María de Mediavilla en Pedraza o la galería que se abre al jardín en el Torreón de Lozoya. Pérdidas significativas de este panorama son el campanario de la iglesia de Hontoria o una dependencia interna del monasterio de San Antonio el Real, donde apenas se conservan unos fragmentos.

El artículo termina con un llamamiento hacia la importancia de este patrimonio, prácticamente desconocido, cuya conservación implica mantener a los edificios con el aspecto original que un día idearon para él artistas y mecenas. Cabe destacar que la investigación ha sido fruto de la colaboración entre el Instituto de la Cultura Tradicional “Manuel González Herrero” y la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, instituciones que el pasado año acordaron apoyar un proyecto pionero en el mundo sobre las ‘Corrientes nacionales e internacionales del esgrafiado’, siendo el trabajo que ahora verá la luz su primera gran aportación.

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