Quién me ha robado el mes de julio

No hacen falta estadísticas para afirmar que hemos tenido uno de los julios más frescos y benignos que se recuerdan.

Chiclana. / Foto: wikipedia
Chiclana. / Foto: wikipedia

Juan Manuel Suárez Japón. ¿Quién me ha robado el mes de abril?, se preguntaba Joaquín Sabina al comienzo de una de sus canciones. ¿Cómo pudo sucederme a mí?, insistía el gran poeta que habita dentro del cantante de Úbeda. Lo guardaba en el cajón, donde guardo el corazón, remataba, expresando su perplejidad por la desaparición de ese tiempo milagroso del alumbramiento de la primavera, que arrastra tras de sí la eterna renovación de la vida en la naturaleza y en los seres humanos. La letra proseguía por las preguntas sin respuestas a las que nos llevan la melancolía, la extrañeza por el modo tan veloz y tan irreversible en que nos pasa el tiempo, en fin, el eterno lamento por la paulatina pérdida del paraíso que es la juventud.

Quede pues constancia de mi admiración por la canción y por el cantante. Y de mi preocupación, -como no-, por sentir también que, -con palabras del poeta Luis Cernuda-, el tiempo nos alcanza. Pero ahora y aquí miro hacia ese otro hecho más cercano e inmediato que es el extraño mes de julio que acabamos de dejar atrás, la reiteración de sus nublados, la persistencia de sus vientos de poniente, sus atisbos de lluvia en este sur nuestro que fueron lluvia plena en otras regiones de España, el retorno de las rebequitas para salir por las tardes, este trasunto de playas gallegas o vascas que fueron muchos días las andaluzas, playas de paseos sin baños y abandonos precoces. No es preciso mirar estadísticas. No lo haré, porque no hacen falta apoyos de ese tipo para afirmar que hemos tenido uno de los julios más frescos y benignos que se recuerdan.

Para mí, ha sido una buena noticia porque este comportamiento me ha puesto a resguardo de las agresiones del calor excesivo. Pero, ¿y los veraneantes? Pues para ellos, seguramente no lo fue tanto. Coincidí con un matrimonio mayor, “desembarcado” en la playa de Cádiz por el oleaje de las excursiones dominicales. Juntos comprábamos pan mientras fuera aún llovía un poco. Con ejemplar resignación, tras aguantar un inopinado chaparrón, el marido dijo: Al final, he escapado bien, me he comprado una camiseta nueva porque la otra estaba empapada. En el bar donde frecuento desayunos y aperitivos, este mal-buen tiempo se analizaba con el desparpajo surrealista de lo gaditano. Carlos, su encargado, ha puesto en un cartel con lo siguiente: “Bienvenidos a Cádiz. Aviso: si buscas trabajo no te pares”, en tanto otro de los habituales, dueño de la genial inventiva de los gaditanos, aseguraba haber visto en el ayuntamiento una gran cola de gente estaba pidiendo a Teófila “daños y perjuicios”. A lo que otro, siguiendo la ficción, respondió enfadado que ella no tiene culpa, sino el primo de Rajoy que dice que no hay cambio climático. Eso, pensé yo. Y entonces, si no hay cambio climático, ¿quién me ha robado el mes de julio?



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