La masacre palestina o la legitimación del homicidio masivo

Es preciso que haya una organización mundial con legitimidad jurídica internacional para intermediar y tomar decisiones vinculantes. La buena noticia es que esta organización existe; se llama ONU; la mala es que no funciona como debiera.

Francisco J. Martínez-López. Una conocida israelí ha colgado en su Facebook una foto desde la costa de Tel-Aviv, con aguas mediterráneas placidas que se pierden en las tonalidades crepusculares de la puesta de sol; parece feliz. La imagen incita a la calma cuando no hay dramas que la perturben. El pueblo de Israel comparte crepúsculo con el palestino, pero pocas veces como hoy los sentimientos estuvieron tan encontrados bajo un mismo cielo.

Me preguntó, caso que este ejercicio imposible fuere realizable, hacia qué pueblo sentiría más simpatía un judío de los que acababan de sobrevivir a los campos de concentración nazis, si hacia el israelí o hacia el palestino; intuyo la respuesta. Es lamentable que el mundo no haya sido capaz de poner solución a este conflicto, que precisamente nace tras la segunda Guerra Mundial, cuando una parte importante de los hijos de David decidieron volver a sus asentamientos originales para retomar sus vidas tras el holocausto. Unos pocos países estuvieron intermediando al principio y tomando decisiones por todos, como Gran Bretaña, seguramente con buenas intenciones; el presidente norteamericano de entonces también secundó esta iniciativa. El pueblo judío debía tener derecho a un lugar propio en el mundo, especialmente tras su intento de aniquilación; no es difícil justificar de manera objetiva este hecho; se reconoció a Israel como país soberano. Sin embargo, la historia recuerda constantemente desde ese tiempo que, no sólo se hizo mal, sino que, además, no se ha sabido poner solución a lo largo de la evolución del conflicto territorial. Buenas voluntades no han faltado por parte de terceros, tanto países árabes próximos como occidentales, donde por motivos diversos Estados Unidos ha sido el principal mediador; España también puso su grano de arena, promoviendo la llamada Conferencia de Paz de Madrid en 1991, con resultado fallido.

Para éste y otros conflictos, y en particular para aquellos que implican el choque de dos bloques poderosos, por las consecuencias no deseadas para el mundo que ello pueda acarrear, como por ejemplo el actual en Ucrania, es preciso que haya una organización mundial con legitimidad jurídica internacional para intermediar y tomar decisiones vinculantes. La buena noticia es que esta organización existe; se llama ONU; la mala es que no funciona como debiera. Las Naciones Unidas surgieron tras la segunda Guerra Mundial con el propósito de evitar conflictos de esa magnitud en el futuro; esa fue también la motivación con la que se creó la Sociedad de Naciones tras la primera Guerra Mundial, aunque es obvio que demostró ser inútil a la hora de mediar en los problemas importantes. La ONU nació con una esencia similar, si bien con una estructura y funcionalidad más acordes con sus objetivos. No obstante, los conflictos no han cesado desde su creación. La ONU ha demostrado ser una organización mucho más efectiva para la ayuda humanitaria que para la resolución de conflictos internacionales; su utilizada por los segundos, no obstante, debería considerarse una prioridad, si un conflicto internacional de envergadura quiere evitarse. Uno se pregunta si fue la ONU la que evitó que durante el telón de acero se pulsaran los botones de lanzamiento de misiles con cabezas nucleares entre soviéticos y americanos; seguro que no.

En cualquier caso, el espíritu de la ONU es el camino. No hay duda. Las balas y las bombas nunca podrán conseguir soluciones duraderas. La palabra y el diálogo, sí. Y no me estoy refiriendo con ello al enfoque romántico de la llamada “Alianza de Civilizaciones”, promovida por Zapatero para prevenir el terrorismo internacional mediante occidente y el mundo árabe, cosa que le valoro, no se me entienda mal, y que actualmente tiene un programa en vigor en la ONU; por cierto, de los más de cien países adheridos a esta iniciativa, Israel no se encuentra; otros colindantes como Egipto, Líbano, Jordania o Irán, sí; ¿por qué? Me gustaría conocer la versión oficial israelí que explica quedarse al margen. No, el romanticismo es necesario por inspirador, pero inútil para la causa que nos ocupa si no va acompañado de acciones necesarias. Debe haber una generosidad internacional, especialmente de los países más importantes, que son los que más tienen que sacrificar, para dotar a la ONU de un arbitraje internacional efectivo; esto implica, por supuesto, que las resoluciones de la ONU sean vinculantes, y no meros brindis al sol, como en muchas ocasiones son. Su renovación, por tanto, es necesaria para aproximarse a tal fin. La ONU debe reinventarse; por ejemplo, ¿un Consejo de Seguridad con cinco países con capacidad de veto? Este consejo es la reminiscencia de un contexto internacional de posguerra de hace más de sesenta años.

He leído recientemente opiniones versadas que llaman la atención sobre el hecho de que no se puede pretender que la ONU sea la “policía del mundo”, que su papel es más humanitario. Yo discrepo, y, además, es necesario discrepar. Hay utopías que deben buscarse, y ésta es una de ellas. Mientras no haya una ONU que responda verdaderamente al espíritu de su creación, el mundo estará a merced de las decisiones que tomen unos pocos en los momentos críticos, que son aquellos en los que una organización mundial es necesaria.

Por otro lado, mejor la ONU que Estados Unidos. Un estadounidense me decía con enfado que ya estaba bien de que su país fuera la policía del mundo; es curioso que utilizara ese mismo término. Pues sí, eso digo yo, que ya está bien, porque en sonadas ocasiones han emprendido acciones internacionales sin la cobertura de una resolución internacional de la ONU; qué menos. Éste fue el caso, por ejemplo, de la invasión de Iraq, en teoría para liberar a su pueblo, derrocar al tirano Sadam Hussein, que no dudo que lo fuera, y erradicar la amenaza de unas hipotéticas armas de destrucción masiva, que supuestamente existían, según informes de inteligencia que esgrimió el 5 de febrero de 2003 Colin Powell como secretario de Estado estadounidense ante el Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York. Luego resultó que tales armas no existían y que la inteligencia fue errónea; creo recordar que el único líder mundial, de los implicados en su día, que tuvo la gallardía de hacer una rectificación pública fue Tony Blair; que yo recuerde, ni Bush ni Aznar, como presidentes de EE.UU. y España, preconizadores de la invasión inicial, el primero como verdadero precursor, el segundo como amigo que quería salir en la foto (de las Azores, claro), han manifestado disculpa explícita hasta el momento; la historia los juzgará por ello, y espero que los deje en el lugar que se merecen. Por supuesto, los motivos reales de ésta y otras ofensivas bélicas eran otros.

Por tanto, hay que aspirar a tener una ONU fuerte y con resoluciones vinculantes. La permanencia del conflicto israelí-palestino es una prueba fehaciente de que la ONU no funciona como debiera, insisto. Existen múltiples resoluciones de la ONU sobre este conflicto; desde la primera, Resolución 181, en el año 1947, hasta la más reciente, Resolución 1559, en el 2004. En varias de ellas se tomaron decisiones importantes que, de haberse cumplido, el conflicto no habría degenerado como lo ha hecho; al contrario, podría haberse resuelto; en esa época, Hamás, excusa principal de Israel de los últimos años para machacar al pueblo palestino, especialmente al de Gaza, se encontraba a décadas de aparecer. De todas ellas, se suele destacar la Resolución 242, adoptada por unanimidad del Consejo de Seguridad de la ONU en 1967, tras la llamada “guerra de los seis días”. El mandato fue claro: para que “se establezca una paz justa y duradera en el Oriente Medio”, se deben aplicar “los dos principios siguientes: i) Retiro de las fuerzas armadas israelíes de los territorios que ocupan durante el reciente conflicto; ii) Terminación de todas las situaciones de beligerancia o alegaciones de su existencia, y respeto y reconocimiento de la soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los Estados de la zona y su derecho a vivir en paz dentro de fronteras seguras y reconocidas y libres de amenaza o actos de fuerza.” He querido incorporar este extracto de la resolución para que el lector pueda jugar por sí mismo su contenido, y opine con criterio sobre la medida en que la realidad y, en concreto, el comportamiento de Israel, se ha ajustado a estas premisas.

Un análisis de la evolución territorial concluye una merma progresiva de la parte palestina, cada vez más recluida en la franja de Gaza y en Cisjordania; haciendo una proyección a medio plazo, no cuesta ver que, de seguir así la tendencia, los territorios palestinos quedarán totalmente engullidos por Israel. La primera, área reducida donde se hacina más de un millón de palestinos y gobernada por Hamás desde el 2006. Aunque las tropas israelíes se retiraron hacen unos años, a diferencia de en Cisjordania, cada vez más colonizada y con tropas de ocupación, Israel tiene control absoluto de su espacio aéreo, marítimo y gran parte de su perímetro fronterizo fronteras, compartido con Egipto, que es más un convidado de piedra aquí. En Cisjordania, gobierna Al Fatah. El radicalismo de Hamás, considerado como un grupo terrorista por varios países y organizaciones internacionales diversas, provocó una ruptura entre los dos partidos palestinos, pero recientemente se volvieron a aproximar y a unificar posiciones; se especula con que esto que no ha gustado a Israel, que prefiere mantener la latencia del conflicto para justificar contraataques, boicots y ocupación de territorios.

No olvidemos el inicio de las hostilidades actuales; es importante no perder la perspectiva. Tres israelíes, uno de ellos con pasaporte estadounidense, fueron secuestrados el 12 de Junio y posteriormente encontrados muertos; poco después, el 2 de Julio, varios israelíes, civiles, supuestamente familiares, se tomaron la justicia por su mano, prendiendo aleatoriamente a un adolescente palestino y quemándolo vivo. Antes, el gobierno israelí ya había culpado a Hamás y lanzado ataques aéreos contra Gaza. Hace poco, no obstante, se ha descubierto, según han informado reporteros desplazados de algunos medios estadounidenses, que los autores del secuestro no pertenecían a Hamás, sino a una célula independiente; uno duda, considerando lo contaminado que está el asunto, así como la buena información que se le presupone al gobierno de Israel, por disponer de uno de los servicios de inteligencia más reputados del mundo, si la decisión del ataque a Gaza se tomó siendo conocedores de esto.

En definitiva, más excusas. Ahora, porque Hamás, pero antes de la existencia de Hamás, ¿cuál era la excusa? ¿La Organización para la Liberación de Palestina (OLP)? A finales de los 80, la OLP, liderada por Arafat, decidió dejar la lucha armada y buscar una solución pacífica al conflicto. El gobierno de Israel y la parte de la población que lo secunda –y soy cuidadoso al no meter al conjunto del país, pues supongo que habrá una parte con visión menos estrecha que vea la situación con una mirada más justa– parecen no darse cuenta de que no hacen sino alimentar una injusticia histórica con su comportamiento. De los pueblos sometidos, en condiciones precarias, sin apenas medios, cultura ni porvenir, los movimientos de resistencia son propios y comprensibles. No estoy justificando con esto los ataques a Israel; mis posiciones son contrarias a toda forma de violencia y, por tanto, censuro a Hamás sin reservas. Lo que digo es que son una consecuencia natural de la situación, de la misma manera que en su día surgió la OLP.

Israel se presenta al mundo como una víctima, asediada por el terrorismo palestino e islamista, pero yo me pregunto: ¿Qué ha cedido Israel a Palestina durante todos estos años de conflicto? Territorio, ninguno. Al contrario, cada vez han ocupado más; lo único fue la marcha ya comentada de la Franja de Gaza, pero para mantenerla aislada y con control férreo. En cambio, el pueblo palestino, o la Autoridad Nacional Palestina, nombre utilizado como eufemismo de país no reconocido, sí ha renunciado a territorios por la paz. Israel es, además, respaldada en su estrategia por una parte importante del sistema estadounidense, que lo considera como su “amigo”; esto es, probablemente, el elemento clave que explica por qué la comunidad internacional no ha plantado ya a los hebreos. Y, no se equivoquen, que no tengo ningún problema en que un país tenga sus afiliaciones y las demuestre en público, pero vamos a ser claros: el respaldo norteamericano se debe a otros intereses estratégicos que no se explican, no ya a la simpatía real que tengan ante las reivindicaciones israelíes. Existen motivos diversos, como: el poder de la comunidad judía en Estados Unidos, que ejerce de lobby; la ubicación geoestratégica de Israel en oriente medio, que lo hace un aliado vital para los intereses norteamericanos en la zona; y, quizá más relevante ahora, la coherencia pública que debe demostrar para no contradecir decisiones pasadas que tomó basadas en el terrorismo de origen islamista, y todo lo que vino tras el atentado del 11-S. Esto cuestiona, a pesar, insisto, de la buena voluntad que pueda tener, a Estados Unidos como mediador imparcial del conflicto; aunque, por otro lado, quizá sea el único agente ante el que Israel demuestre algo de respeto, ya que la ONU parece influirle poco; éste es el problema que apuntaba.

Esta semana se ha debatido en el Senado estadounidense el conflicto israelí-palestino. Escuché atentamente a varios senadores, la mayoría republicanos. Sinceramente, y me apena decir esto porque tengo respeto y afecto hacia Estados Unidos, sentí vergüenza ajena al escucharlos. En esencia, todos venían a decir lo mismo: apoyo al amigo Israel, que tiene que defenderse del ataque terrorista de Hamás, y que eso es necesario para que civiles, en Israel y en Palestina, estén más seguros y dejen de morir. La parte que empezó a ponerme enfermo es cuando una senadora, no recuerdo ahora de qué estado, vino a decir que las muertes de los niños en Gaza son una consecuencia de los ataques de Hamás. Fueron cuidadosos, todos, en la selección de las palabras. No, senadores, la muerte de los niños de Gaza son una consecuencia directa de las acciones bélicas israelíes; no adulteren la realidad.

Estamos hablando de una de las instituciones más importantes de Estados Unidos, el país más poderoso del planeta; por eso y por la repercusión internacional de sus decisiones, las instituciones estadounidenses deben demostrar más pulcritud que el resto; mi sentimiento fue más decepcionante, sin embargo, cuando observé que uno de los propósitos de todo ese debate era justificar el reaprovisionamiento de misiles y cooperación para el refuerzo del escudo defensivo anti-misiles (“Iron dom”) de Israel. Tengo la certeza de qué hay estadounidenses, y sé, además, que hay muchos, con mejor criterio y sentido de la realidad que todo esto; quisiera pensar, no obstante, aunque me cuesta por la tozudez de los hechos, que los hay también en puestos de responsabilidad. El premio Nobel de la paz otorgado a Obama fue más una entrega a cuenta que por méritos reales; en situaciones como ésta es donde debe demostrarse que se merece. Eso precisa más que llamadas a Netanyahu para pedirle un alto el fuego humanitario. Sin embargo, los condicionantes son fuertes, y seguramente no claudicará ante el horror que, sin duda, le deben producir las imágenes de la masacre. Yo, no obstante, de ser él, no llevaría muy bien que esos misiles que matan a niños puedan haber sido manufacturados en suelo norteamericano; quizá, él, tampoco.

La solución definitiva al conflicto pasa por la ejecución efectiva de varios acuerdos básicos en la línea de las resoluciones de la ONU, pero que implican cesiones, sobre todo de Israel; más que nada porque el pueblo palestino ha perdido tanto que ya tiene poco que ceder aparte de su vida. En concreto, los siguientes: cese definitivo de la violencia por ambas partes; desarme y disolución de Hamás; reconocimiento de los territorios palestinos de la franja de Gaza y Cisjordania como país soberano e independiente; y, por supuesto, retirada de Israel de las zonas ocupadas y renuncia a cualquier tipo de injerencia y boicot. Seguidamente, la comunidad internacional deberá apoyar la reconstrucción y desarrollo en libertad de una Palestina diezmada y sin recursos. Esto es lo perentorio; lo demás serán paños calientes.

Mientras no se tomen estas medidas, el conflicto seguirá, y con ello la destrucción y la muerte. Israel no tiene legitimidad de ningún tipo, ni legal ni moral, para justificar el azote de la Franja de Gaza. Cuando hace unos días le preguntaban a Shimon Peres por qué, y el respondió, con indignación contenida, qué, si no, podían hacer para evitar que cayera un misil en el jardín de una familia israelí, no empaticé más por esa familia que por las palestinas, muchas más, masacradas por el fuego hebreo. La desproporción de fuerzas, además, es bárbara; es David contra Goliat, con la diferencia de que David ahora es palestino, en lugar de judío. La única honda que tiene el pueblo palestino para derribar al gigante Goliat no es Hamás, ni su resistencia vil, ni la Autoridad Nacional Palestina, sino el levantamiento de la comunidad internacional y su determinación para poner fin al conflicto.

En esta última oleada, el asesinato, del todo injusto, como todas las ejecuciones, de tres israelíes iniciaron las hostilidades de nuevo. A día de hoy, según fuentes consultadas por el New York Times, el balance es de más de 1200 muertes en Gaza, cientos niños, y subiendo…Del lado de Israel, 53 soldados y tres civiles. ¿Cuántas muertes más de civiles palestinos considera Israel moralmente aceptable para saldar el asesinato de tres civiles israelíes? No nos olvidemos de los miles de heridos y más de dos cientos mil refugiados palestinos en campos e instalaciones de la ONU, que tampoco se libran de las bombas israelíes, en vulneración flagrante del derecho internacional; luego Israel sale con que no tiene constancia de esas bombas. Hay algo peor que el terrorismo de Hamás y la complicidad de quienes lo apoyen: el homicidio masivo que busca legitimidad en la injusticia y en la mentira.



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