Las personas son el fin y no un medio

La persona debe ser considerada como sujeto de derechos y deberes universales, inviolables e irrenunciables, que debe poder ejercer en libertad.

Foto: Patricia Rodríguez González.
Foto: Patricia Rodríguez González.

Patricia Rodríguez González. ¿Qué es la cooperación internacional al desarrollo? Durante mis estancias en terreno, cada vez que me junto con un grupo de cooperantes surge con frecuencia la misma pregunta.

En contra de la percepción de la mayoría de la opinión pública, la cooperación internacional al desarrollo (CID) es un concepto que no sólo se basa en elementos humanitarios y de solidaridad. Engloba otros aspectos de índole político y económico, condicionados por las relaciones internacionales que han acompañado la evolución desde su nacimiento, tras la II Guerra Mundial, hasta nuestros días.

Este desconocimiento junto con su instrumentalización, han contribuido de alguna manera a la degradación de su imagen en los últimos años. Lo que ha motivando una revisión importante de su sentido y eficacia desde comienzo de este siglo, que no ha terminado de cristalizar en un concepto coherente y uniforme. Algunas corrientes hablan sólo de desarrollo económico, otras basan el concepto cooperación en la gratuidad de la ayuda… Sin embargo, lo que motiva la inconclusión, a mi entender, es el haber centrado el debate en los medios y no en el objetivo que debe orientar las acciones de desarrollo, la dignidad de la persona.

Para llegar a este objetivo la premisa básica que todos tenemos clara en la teoría pero que no siempre tiene un reflejo en la práctica, es que la persona debe ser considerada como sujeto de derechos y deberes universales, inviolables e irrenunciables, que debe poder ejercer en libertad.

Esta libertad está relacionada con la capacidad de elección. Deberíamos preguntarnos si de verdad la CID está dando una respuesta adecuada al fortalecimiento de esta capacidad o por el contrario, nuestra prepotencia o falta de conocimiento, nos está llevando a dirigir a las personas hacia nuestros modelos económicos, sociales o estatales. No se trata de imponer, sino de acompañar creando espacios de encuentro y capacidad de protagonismo.

Pero para ayudar es necesario hacer un esfuerzo previo de apertura y aprendizaje. Cada realidad es diferente y compleja. Para llegar a profundizar y a comprender es necesario huir de la generalización fácil y tener la conciencia y la paciencia de personalizar al máximo. Esa es la única manera de llevar a cabo una interpretación correcta de la realidad, indispensable para apoyar un crecimiento.

Citando a mi gran amigo Isaac Díez de la Iglesia, nuestro primer compromiso es “asumir la responsabilidad moral de aportar a la vida social la dimensión ética de libertad, igualdad, solidaridad, respeto y diálogo como mínimos que estructuran una sociedad donde todas las personas sean fines y no medios”.

 



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