Los teólogos

Cabe decir entonces que para mí leer, como viajar, es una medicina frustrante y sana a la vez con la que demostrarme que siempre estoy equivocado.

Álvaro Martínez García. Leer -ficción- tiene sus consecuencias. Quiero decir; sus cosas buenas y sus cosas malas. Entre las primeras destacan algunos de los placeres más enriquecedores que he conocido, como lo es la capacidad de transportarnos a épocas y mundos diferentes, de transmutarnos en personajes para el recuerdo o de experimentar aventuras inimaginables fuera de esta realidad cotidiana -a veces- tan escasa. No obstante me resisto a creer que el entretenimiento sean la bondad primera que nos regalan las ficciones, puesto que cuando uno adquiere una mínima capacidad de raciocinio cae en la cuenta de que la ficción, en realidad, es solo una excusa elegante para producir en el lector una apertura de la consciencia crítica, más poderosa si cabe que la lectura de ensayos o tratados tediosos.

Pero -al margen de episodios quijotescos- también tienen, las ficciones, la capacidad de provocarnos ciertas insatisfacciones a los lectores con una imaginativa previa a las lecturas o con tendencia a creer haberlo conocido ya todo. Esto es, hacernos ver que lo que creíamos como una relación o asociación de ideas pioneras o novedosas a la que habíamos llegado de manera autónoma ya fue escrito hace bastante tiempo por una mente, además, más limpia y lúcida que la nuestra. Como el inventor que inventa lo ya inventado. Una y otra vez. Cabe decir entonces que para mí leer, como viajar, es una medicina frustrante y sana a la vez con la que demostrarme que siempre estoy equivocado.

Todo este rollo viene al caso de mi última relectura de ese libro tan maravilloso y divertido como complejo y difícil que es El Aleph de Jorge Luis Borges. Tenía yo la idea de  escribir una historieta apocalíptica con la que cubrir estas líneas acerca de la desaparición parcial del contenido de Internet dejando como única plataforma un diario con una visión benevolente de la realidad. Buenas noticias, excusándome entonces una reflexión sobre el optimismo y sus consecuencias. Hasta que leyendo uno de los 17 cuentos de los que se compone el libro, al llegar a “Los teólogos”, me di cuenta de que la temática había sido ya abordada, al menos parcialmente, por el sabio escritor Argentino. Reza así: “Ardieron palimpsestos y códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró casi intacto el libro […]” y a partir de ahí comienza una concatenación de historias sobre cómo afecta una condición inicial así a las corrientes filosóficas originales, que se adelanta a mis intenciones.

Aún con todo esto no me resisto a invitar al lector inquieto a reflexionar acerca de la hipotética situación de que en los tiempos del big data, del share y de las novelas de 140 caracteres todo se fuese al traste quedando, como único reducto, en esta nueva vida llamada Internet, este noticiario en el que me dejan escribir. Un reducto de buenas noticias, de optimismo y esperanza.

¿Sería acaso una situación beneficiosa para la Humanidad?, ¿cambiaría por completo la filosofía y la moral de las generaciones venideras?, ¿modificaría nuestra respuestas elementales acerca de qué es eso de estar aquí durante un puñado de años?, ¿obtendríamos una visión más benevolente y desintoxicada acerca de la realidad?

No seré yo quien conteste a esas preguntas. Será el lector ávido quien las responda. A su gusto. Pero sí que haré mías las palabras del escritor y político escocés Samuel Smiles: “La vida tiene su lado sombrío y su lado brillante; de nosotros depende elegir el que más nos plazca”.



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