Looking for freedom…

Esa noche, ese grupo de cuatro desconocidos, todavía sin nombre, me regaló una experiencia que permanecerá indeleble en esa masa gris recóndita mía.

Francisco J. Martínez-López. Había olvidado ya las vibraciones oníricas que habitan en los locales de ensayo; permanecían arrumbadas en esa parte de masa gris escondida donde corazón y espíritu confluyen; un espacio recóndito, de esos inescrutables en la anatomía humana. Acaso olvidé porque un día necesité hacerlo, inconscientemente, para así poder renunciar a una fantasía de difícil encarnación; puede que su desprendimiento del ser fuera necesario para transitar a otra etapa vital, más madura y cabal.

Por eso, durante años, más de una década, desde que dejara de compartir anhelo de contrato discográfico, decibelios y humo de cigarro suspendido con una banda en la que solía tocar, he rehuido oportunidades, invitaciones que me han salido para asistir al ensayo de algún grupo; supongo que quería evitar que me asaltara la nostalgia, ese viaje mental de duración variable que nos transporta a un instante dulce que fue, tiempo atrás. Así, he querido alejarme del posible alcance de ese viento tibio, lleno de voces del pasado, que sobrevino a Aureliano Buendía cuando leyó en voz alta las encíclicas que Melquiades cantó en un tiempo pretérito a su antepasado; el mismo viento que percibí cuando supe de la muerte del fundador de Macondo –Gabriel García Márquez, colombiano universal, descanse en paz–, y recordé esa noche de verano de mi adolescencia temprana en que comencé, por la sugestión que me produjo su título de entre un montón de libros apilados en la estancia de una casa familiar ya inexistente, la lectura de sus crónicas sobre el trágico destino anunciado para Santiago Nasar.

Las visitas intermitentes de la añoranza, siento que cada vez menos llevadero tienen su peso.

No hace ni tres semanas, poco antes de dejar Barcelona, no sé por qué, quizá por estar en una situación proclive para ello, de búsqueda de experiencias, no necesariamente nuevas, sino también olvidadas, decidí aceptar la invitación de un grupo de cuatro, prácticamente para mí desconocidos, y asistir a uno de sus ensayos; propuestas como ésta surgen de manera espontánea, mientras se socializa con gente variopinta que uno conoce en congregaciones improvisadas. Quedamos un viernes sobre las diez de la noche en la salida de metro de Bogatell, en el distrito de Sant Martí. Allí ya estaban la cantante y el batería, esperando en la puerta de un bar cercano, frente a un edificio donde se alquilan locales de ensayo por horas; poco después llegó el resto. Tuvimos que esperar, no obstante, un tiempo hasta que el encargado de los locales se percató de nuestra presencia en la calle, y nos tiró las llaves del portal desde la planta donde se encuentra su oficina; se ve que no funciona el portero automático, y la única forma de conseguir que el encargado sepa del interés por entrar es o bien llamándolo a su móvil, cuyo número desconocían todos, o bien a fuerza de silbidos y voces desde la calle; debo decir que lo segundo fue estéril, y que no conseguimos nuestro propósito hasta la llegada de otro grupo, que sí tenía el móvil del empleado.

Subimos y entramos en una habitación insonorizada y sin ventanas, de no más de 10 metros cuadrados, asignada por el encargado. En el pasillo que distribuía las salas y acababa en su oficina, flotaba una melodía heavy, enmudecida por aislante acústico, que salía de otra de las salas; mientras el grupo se preparaba, sacando los instrumentos, enchufando los amplificadores y demás, alguien salió de la sala contigua y liberó, por unos segundos, nítidos decibelios de rock pesado que volvieron a atenuarse tras cerrar la puerta; probablemente salió para ir al aseo, ubicado al principio del pasillo, pues volvió al par de minutos, otra vez generando el mismo efecto sonoro al abrir y cerrar la puerta de su sala.

Permanecí sentado en una silla pequeña, pegada a una de las paredes, justo al lado de un amplificador sobre el que se sentaba la novia del bajista, que observaba con pupilas de félidos, ilusionada y en silencio, los preparativos finales. El batería comenzó a percutir sin contemplaciones, en excitación creciente, alternando cadencias y combinaciones de toques y piezas de su instrumento, sin que pareciera importarle mucho lo que los demás pensaran. La cantante, discreta, intentaba ajustar la ecualización de su micro, que comenzó a acoplarse en agudos insoportables para nuestros tímpanos; aprecié que se incomodó repentinamente por ello, y se esmeró, ruborizada, unos segundos en librarnos del suplicio. Entre tanto, el bajista y el guitarrista se intercambiaban el afinador y ajustaban la ecualización y volumen de sus instrumentos. Yo los miraba curioso, dedicando un tiempo a cada uno.

Los locales de ensayo de mis grupos nunca tuvieron moqueta ni estuvieron en edificios habilitados para ello, como el de éste; al contrario, fueron bastante más rústicos; desde una esquina diáfana en un corral de vacas –ese fue mi primer local–, hasta la evolución posterior a la típica casa abandonada en barrio humilde, con techos de cáñamo y pizarra, que vibraban y dejaban caer polvo sobre nuestras cabezas, mientras tocábamos. Pero, aun cuando había tanta distancia entre mis espacios y el suyo, los intangibles eran los mismos. En los locales de ensayo de bandas de rock, no importa la edad de sus componentes, siempre huele igual; ya he comprendido el título de la canción de Nirvana: Smells like teen spirit. Sí, a eso es a lo que huelen estos locales: a espíritu adolescente; importa poco el estilo, o lo mejor o peor que se toque. Al final, supongo que lo importante, y la motivación primaria por la que se acude al local, es la experimentación de la fraternidad creativa y la comunión espiritual con la gente de la banda, con la que tantas ilusiones se comparten. Esa noche, ese grupo de cuatro desconocidos, todavía sin nombre, me regaló una experiencia que permanecerá indeleble en esa masa gris recóndita mía.

Comencé a saber un poco más de ellos tras el ensayo, cuando, como dictan los cánones, se fueron a un bar próximo, de esos que rinden tributo a las santidades del rock duro, a beber y compartir un rato de charla. Sólo tenía una noción del perfil del batería, un barcelonés que, por una conversación previa, sabía que escribía y había publicado una novela, aunque no habría inferido de ello su predilección por la percusión indolente, ni por los tañidos punk endiablados. El resto de miembros era para mí un enigma; sólo tenía suposiciones, prejuicios. Entonces descubrí que la cantante, una gallega tímida y discreta, pero con un aura especial, de esa que no se acierta a describir, pero se sabe que está, con voz aterciopelada, propicia para susurrar melodías, a media voz–aunque a veces tenía que adaptarse, con mayor voluntad que destreza, a versiones de canciones que requerían tono desgarrado e intenso–, era médico y debía irse porque entraba en una guardia de 24 horas a primera hora del día siguiente; yo habría jurado, por su apariencia y juventud, que estaría estudiando cualquier carrera de letras. También descubrí que el bajista, maño de unos treinta y poco, que conseguía sacar, con más maña que técnica, sonido atmosférico y sólido a un bajo que le limitaba bastante, no era un comercial que disfrutaba de su tiempo libre, por lo que deduje en un principio de su vivaracha personalidad, vestimenta desenfadada, aunque sobria y elegante, y corte de pelo estiloso pero correcto, sino artista, pintor, con formación en bellas artes, de los que exponen de vez en cuando en lugares humildes. Por último, supe que el guitarrista, vasco, que por cómo tocaba y su atuendo típico de banda indie, con camisa abierta de cuadros sobre camiseta de manga corta incluida, por supuesto, y barba de varios días, no era un parado con estudios en sociología, como intuí en un principio, sino programador informático y aficionado a la agricultura ecológica. En definitiva, erré en mis suposiciones, aunque hubieron algunas que la realidad no rectificó: la heterogeneidad de procedencias, profesiones y gustos; tampoco cambió lo más importante: las ilusiones y sueños compartidos, aunque sólo fuera por un instante de ensayo. Eso ya es suficiente; no hace falta más. Recuerdo sólo una de las versiones que tocaron de una canción: Freedom, de la banda sonora de Django, de Tarantino. Percibí una acumulación de electricidad estática cuando la sutil voz de la galena galega superó los muros de su timidez, desbordándose en magia liberadora con el estribillo. Sólo eso ya da sentido a una banda… Keep on looking for freedom, guys.

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